Héctor Libertella

martes, octubre 17, 2006 | |

LA ESCRITURA COMO DESTINO
Por Maximiliano Crespi

"El fallecimiento de Héctor Libertella nos lleva a pensar, nuevamente,
en el destino de la escritura de los escritores que dejan interrumpida su obra"
Horacio González



Oí por primera vez el nombre de Héctor Libertella (1945-2006) creo que a principios del 97, en la cátedra de Teoría y Crítica literaria que por entonces dictaban María Celia Vázquez y Alicia Capomassi. Recuerdo haber recibido. también por aquella época, y casi sin defensas, la conmoción de la lectura de El paseo internacional del perverso (nouvelle, 1990) y haber lamentado también que en años posteriores nadie volviera a mencionar su nombre en las cátedras universitarias. Y con el tiempo empecé a reconocer que se trataba de una lógica implacable que excedía los pasillos universitarios porque Héctor Libertella, que con apenas 23 años había sido reconocido con el premio Primera Plana de Novela en 1965 por La hibridez (novela que, según tengo entendido, permanece inédita), el premio Paidós de Novela en 1968 (con El camino de los hiperbóreos, que persuadió a un jurado integrado por Leopoldo Marechal, David Viñas y Bernardo Verbitsky), el Premio Internacional de Novela Monte Ávila en 1971 (con Aventuras de los miticistas) y, en 1986, en París, nada menos que el Premio Juan Rulfo (por El paseo internacional del perverso) no era leído tampoco fuera del ámbito universitario. Y debo confesar que en realidad yo empecé adoptar cierta resignación al ver que en sus conferencias en Bahía Blanca tampoco nos cruzábamos más que las mismas caras melancólicas y frívolas. Pero también fue por esa época que, luego de una conversación con un amigo en común, y un poco para exorcizar esa triste escena, me recordé lo que suele decirse del desencuentro entre el profeta y su tierra, y terminé por aceptar con alguna satisfacción ese hecho porque acaso imaginaba para la obra de Libertella el destino que Borges imaginaba para la de Marcel Schwob: era, acaso debía ser, un milagro secreto.
De ahí en más, cada vez que ocurrió, celebré con cierta complicidad el encuentro furtivo e imprevisto con algunos de sus lectores como integrándolo a una suerte de sociedad secreta. Y me sentí en cierto modo corroborado hace unos años cuando reconocí que algo de conjuro también había en el silogismo tramposo con que Libertella confundía al notero del diario Clarín: "Si Argentina es un país periférico en el mundo, su escritor más periférico será entonces centralmente argentino. A mí me ha costado mucho sostener esta paradoja...¡Cuanto más marginal, más central!".
Leí, una a una, las pocas novelas suyas que conseguí (la mayoría de las veces en mesas de saldos): El camino de los hiperbóreos (Paidós, Buenos Aires, 1968), Aventuras de los miticistas (Monte Ávila, Caracas, 1971), Personas en pose de combate (Corregidor, Buenos Aires, 1975), El paseo internacional del perverso (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1990) y los relatos reunidos en ¡Cavernícolas! (Per Abbat, Buenos Aires, 1985). Y sé que todavía me espera el milagroso encuentro con las Memorias de un semidiós que, según sé, editó Perfil en 1998; el sugestivo relato-utopía titulado El árbol de Saussure publicado por Adriana Hidalgo, en el 2000 y el Juan Moreira entre elefantes. (Una autobiografía de Héctor Libertella por Rafael Cippolini) publicado por Santiago Arcos en el 2004, para recordarlo en el acontecimiento singular de la voz en la que dice su experiencia literaria.
Leí con fruición su excéntrica obra ensayística y recuerdo todavía la primera vez que me acerqué a él para decirle que lo que a mí me parecía muy interesante eso de poner “Ensayos o pruebas” y no solamente “ensayos” o solamente “pruebas”. Me acuerdo que me dijo que en realidad él no sabía muy bien qué cosa eran y por eso decidió ponerle dos nombres a eso que en realidad n respondía a ninguno. Era una charla en la Biblioteca Rivadavia y recuerdo que después alguien lo agarró del brazo y se lo llevó para presentarle a un grupo de señoras que lo querían conocer. Recién después de mucho tiempo me di cuenta de que esa tarde Libertella me estaba diciendo a su modo que lo que había en ese libro refería a algo del orden de la experiencia.
Para la segunda vez que lo vi yo ya había leído además de los Ensayos o pruebas sobre una red hermética (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1990), Nueva escritura en Latinoamérica (Monte Ávila, Caracas/Buenos Aires, 1977).
el experimento conversacional en su Pathografeia. Los juegos desviados de la literatura (Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1991) y el que yo considero es su mejor trabajo y su herencia en relación al modo en que él mismo hizo de la escritura una experiencia única: Las sagradas escrituras (Sudamericana, Buenos Aires, 1993). Esa vez, no pude hablar con él pero creo que fue la primera vez que comprendí de qué hablaba cuando decía la palabra literatura. Sería el ’98 o ’99 y yo reencontraba en sus palabras un motivo (acaso aquel que el tránsito por la carrera de letras me había quitado a través de ese mecanismo intimidatorio que es el Canon) para ser escritor. Esta vez se trataba de un motivo concreto, sin imaginarios burgueses de reconocimiento ni causas públicas o utópicas que funcionasen como garantes: hacer de la escritura una experiencia concreta, vital e historizada.
También como el Schwob de Borges, Libertella fue ante todo y sobre todo un lucidísimo y maravillado lector. Su claridad, su lucidez y su radical convicción en relación a tomar la literatura como experiencia le permitió tomar riesgos en relación a su propuesta estética y, al mismo tiempo, esgrimir las tentativas más impensadas en relación al mapa imposible trazado por su imaginación crítica en sus ensayos críticos: mapa que se hace sobre un desierto que constituye un grado cero de la escritura en el que el cero es la cifra en que la escritura define su sentido y desde la cual se erige como la propia interrogación sobre su misma razón de ser. Me refiero, puntualmente, al recorrido por la literatura argentina que Libertella hace en Las sagradas escrituras y que convoca desde los libros que “vienen con los barcos“ a la Librería Argentina en diferentes épocas en lo que el propio Libertella define como un momento en que pareciera que “la Argentina se mirara perpleja en el catálogo-espejo de sus lecturas“, pasa por la tradición nacional tradición sígnica que reposó en el significado (Lugones, Quiroga, Arlt) y la que se despliega en el deseo de allanar el significante (Macedonio, Borges, Lamborghini, Piglia, Saer, Aira, Chejfec, Cohen), hasta llegar a lo más escandaloso de nuestra librería argentina en las que textos e intertextos transforman a los lectores en los escritores más delirantes de su generación.
En el centro del trabajo de Libertella (como en el de Fogwill y el de Aira) estaba el deseo de imponer un canon entendido más bien como un contra-canon. Era la proyección del programa de Literal, que se había propuesto una disolución del canon en una clasificación diversa, heterogénea e incluso muchas veces contradictoria, que se parecía bastante a la establecida en la Enciclopedia china descrita en “El idioma analítico de John Wilkins” de Borges. La lista de nombres que lo acompañaron en esa patriada sin más patria que la lengua, y que invitaba siempre a leer “por desplazamiento”, incluiría sin duda a escritores como Osvaldo Lamborghini, Luis Gusmán, Néstor Sánchez, Manuel Puig, pero también Copi, Zelarrayán, Néstor Perlongher y Viel Temperley.
Sé que en el 2002 Santiago Arcos publicó una antología de textos que estuvo a su cargo sobre la revista Literal Alción y que durante el 2003 publicó en Córdoba La Librería Argentina y La leyenda de Jorge Bonino, pero ya durante esos años sus presentaciones en Bahía Blanca eran más bien esporádicas y sólo se resumieron a una charla a propósito de la relación entre literatura y enfermedad y otra sobre su relación con la ciudad. No recuerdo las fechas pero sí recuerdo haber descubierto mientras investigaba en un tema de tesis su amistad con Jaime Rest y haber descubierto, cuando un amigo en común le comentaba el tema de su investigación, el aprecio que ese hombre sentía por ese hombre monstruoso al que había conocido en la Universidad Nacional del Sur (donde Libertella se había graduado en letras y donde Rest enseñó literaturas europeas hasta que en 1975 fue dado de baja por “recomendación” del alto mando militar local) y con quien selló su amistad a partir de dos pasiones compartidas la traducción y tarea de editor a la cual Libertella, como Rest, dedicó gran parte de su vida, tanto que llegó a ser director literario de la editorial venezolana Monte Avila, coordinador de la editorial de la Universidad Nacional Autónoma de México y -radicado en ese país durante la dictadura militar- gerente general del Fondo de Cultura Económica en la Argentina.
Libertella fue profesor de teoría y crítica literaria en las universidades de Buenos Aires, México y Nueva York. Enseñó a leer críticamente y a escribir como si en esa experiencia fuera posible conjurar la muerte. Paradójicamente, la última vez que lo oí en público recordó que Byron solía mirase al espejo y decir: "¡Qué pálido estoy! No estaría mal morir consumido, porque así las damas dirían ¡pobrecito Byron, qué interesante parece al morir!", y al que finalmente mató la fiebre en Missolonghi. Pero también contó la anécdota sobre dos pintores (Bonnard y Soutine) cuyas obras “padecen” del mal de la interminable ejecución, tanto como si fuesen necesariamente de una interminable reescritura. Ese es el delirio de la búsqueda de un nuevo destello en la escritura. Héctor Libertella nos dejó quizá demasiado antes de lo esperado. Todavía no me perdono no haber acordado fecha y lugar para esa imposible reunión en la que empezaríamos a hablar a propósito de su amistad con Jaime Rest y en la que trataría de recordarle aquello que me respondió en nuestro primer encuentro. Tenía apenas 61 años y extendía sus horas cátedra en esa suerte de santuario profanado que es ahora el “Varela, Varelita” por el que muchos escritores jóvenes caían para hacer interrogar sus textos. Imagino que de haberle enviado mis trabajos me hubiera sugerido abiertamente escribirlo de nuevo. Acaso ésa, que era su pasión, llegue alguna vez también a serla mía.

Aparecido en La posición. letras, cultura y política, N° 9/10, Bahía Blanca, Ediciones de Barricada, Noviembre de 2006.