La condición pornográfica*

miércoles, mayo 30, 2007 | |

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¿De dónde salen tus Grotescos?
Qué buena pregunta, che. En cierto modo, no estaría del todo mal responder simple y sencillamente que de un afiebrado delirio patográfico, pero sería sin duda conveniente establecer algunas precisiones respecto a toda definición. La caracterización de Libertella de los que escriben en “escritores, literatos y patógrafos” es, desde ya, brillante, pero a mí me da la sensación de que mi caso es todavía un poco más perverso. Te doy un ejemplo concreto: yo empecé a escribir literatura con un par de amigos con los que hacíamos una revistita muy justamente olvidada. Ellos eran (son) Mariano Granizo y Claudio Dobal. Yo siempre he deseado escribir como Granizo (cuando lean sus Hombres hechos todo esto va a resultar seguro más claro), ser un escritor con todas las letras, con un marcado hambre narrativo y con su capacidad de resolución de la frase en un cross a la mandíbula; y siempre he creído algo insensato en Dobal esa insistencia de escribir contra el lector, de escribir para hastiarlo, para cansarlo, como diría el compañero Méndez, para gastarlo y ganarle por puntos. Yo creo, para seguir el símil, que no soy un noqueador a lo Granizo y ni un resistidor a lo Dobal. Soy, y esto va a resultar seguro muy pretencioso, un peleador a lo Loche. Me subo al ring y bajo la guardia, a ver qué pasa, y, bueno, así me va.

Teniendo en cuenta que es tu primer libro, preguntar por el origen de la escritura es como preguntar por el de Grotescos ¿no?
Sí, puede ser. La pregunta por el origen de la escritura reclama la escritura del origen. Pero, lástima grande, Grotescos no es mi primer libro. Es lo primero que se publica pero no es mi primer libro. Por lo tanto me obligás a que hable de una instancia en la que escribir es tan solo el deseo de una búsqueda, ¿no? No veo otro modo de responder entonces que extendiendo lo que te decía antes con Libertella. Pese a que empecé a escribir copiándolo a Borges, nunca llegué a ser un literato. Lo copiaba mal, la letra me salía torcida y de a poco empecé a darme cuenta que me gustaba más escribir lo torcido que lo derecho. Ahí estaban ya las riendas del placer y del goce, diría Barthes. Las enjabonadas riendas del placer y el goce. No soy un literato, desde ya, pero no te puedo negar que hay en lo que escribo una muy particular relación con ese hedonismo de la cultura que se presenta en la trajinada forma de la Biblioteca, pero mientras escribo experimento (y me parece que se nota en la lectura del texto) el pirómano goce secreto de su destrucción. Digamos que me puede, que me abandono, al fuego de la letra. No puedo pensar ni escribir desde la perspectiva del literato, desde la lectura de biblioteca (la obra completa es, para mí, el infinito: el concepto más corruptor de todos). Ahí donde el literato lee la obra, yo leo fragmentos, frases, sonidos, gemidos, quejidos, cacareos. Parto de esos fragmentos –para mí magistrales– los escribo, los describo, los trozo y los destrozo pero no sé si para destruirlos o para recuperarlos (restaurarlos) en efectos parciales. Escribo, como se dice, a la deriva, buscando ecos, sordos ruidos. Es decir que me gusta reconocerme en la consistencia de un yo (¿un “Yo, Crespi”?), que es el placer de cualquier escritor o literato, pero al mismo tiempo no puedo dejar de reconocer que escribo para experimentar su pérdida, su destrucción. Como decía Foucault, escribo para perder el rostro o, mejor, para desfigurarme la jeta. Entonces, para volver un poco a la pregunta, me gusta pensar que en el origen está el desvío.
Pero, bueno, qué sé yo. Es un poco peligroso esto de espiarse uno mismo por encima del hombro del que fue. Finalmente, qué importa lo que yo diga del origen del que todo el tiempo me ausento. En fin, qué carajo importa el origen. El mito dirá que el origen es una bisagra, un viaje del que ya no volvimos los mismos. Pero eso es también literatura.

¿Creés que tus Grotescos y el Botero de Dobal pueden asimilarse a una corriente de literatura porno?
Creo que no. Bueno, no sé Dobal, deberían preguntarle a él, pero yo, lector de Botero, estaría tentado a decir que no. Te reconozco, sí, que tanto en Botero como en los Grotescos, más que (o además de) escenas e imágenes, hay efectos porno.
En mi caso –y estaría tentado a decir que lo mismo pasa en Dobal–, te dría que el porno interesa menos en términos de contenido (sexual) que por sus efectos parciales de desautomatización de la percepción como enseñaron allá lejos y hace tiempo los formalistas rusos. En fin, soy un pornógrafo, si querés, pero sólo a condición de pensar el porno como procedimiento articulador de un determinado efecto estético de distanciamiento.

¿No te parece que en Grotescos hay una fuerte condensación de imágenes y escenas pornográficas que a veces resulta excesiva en función de la trama?
Y, sí, por supuesto. Eso se cae de maduro. No podría verlo de otro modo. La pornografía es excesiva. Siempre lo es, en todas las literaturas lo es, y no sólo en función de la trama. El relato pornográfico es el grotesco del relato realista. En el porno todo está sobreactuado: las piernas imposiblemente abiertas, las pijas inmensas y soberanamente erguidas, vaginas de labios gruesos increíblemente húmedas, gargantas ávidas de tragar carne, culos redonditos, brillosos y dilatados capaces de comerse dos o tres vergas en una sola bocanada, gemidos agitados en los que se desdobla el goce del otro cuando se acepta la sumisión, y sobre todo un habla procaz cuya violencia crece en la medida en que reclama sumisión del otro. El porno es un lenguaje afectado, es el imperio de la pose y la sobreactuación de lo real. El porno es el grotesco de la escena sexual. Pero, claro, no solo de sexo habla el porno, y donde uno escribe lo sexual bien podría poner lo real.

¿Desde cuándo te interesa el porno como material literario?
No sé. Lo cierto es que el porno me interesa desde hace mucho pero no sé si en términos literarios. Supongo que intuía ya esa afectación escénica que hay en el porno cuando leía los relatos de Bataille. Pero dentro del proyecto narrativo de Grotescos viene a jugar una función complementaria en esa empresa de destrucción del realismo chato que es el porno de la opresión: Boedo. El porno es el lugar en que te destruyen el culo en una escena y a la siguiente ya estás listo para volver al ruedo. Están esas escenas, ¿no?, en que un cuerpo es sometido sexualmente por un grupo y en que, sin llegar al hardcore, el cojido llega al llanto pero al final de la escena vuelve a aparecer sonriente. O escenas en que una violación termina por ser consensuada en el trámite mismo de la escena hasta el punto que la “víctima” acaba por solicitar o aceptar con una sonrisa libidinosa la violencia del “victimario”. Mi literatura parte del porno –aunque no lo tiene como fin. Es una lástima que la literatura argentina empiece con una violación, pudiendo haber empezado con una porno, ¿no?

Pero ¿para vos el porno es un material loable?
¿Loable? No lo había pensado en esos términos. No; el porno no es para mí el estado de un material. Es una condición: la condición pornográfica del texto. Es una afectación –un reconocimiento de esa afectación– sobre la cual se produce un distanciamiento que devela la efectuación de un artificio. A mí siempre me pareció muy justo eso de que a las películas porno se les llamara condicionadas. Es como en el fútbol cuando a uno le sacan amarilla: juega condicionado. El porno obliga al lector, al espectador y a los personajes a jugar al límite pero en una escena que se propone como juego, no como real. En este sentido el porno es literario. Más literario que muchas poéticas de género, diría.

La pornografía es un modo, una estética…, ¿una política?
Por supuesto. Y como tal abre una dimensión política de la estética. La pornografía, la grafía del porno, es el hecho maldito del relato burgués. Ofende su pundonor, pone en ridículo las morales de la comunicabilidad en las que se fundan muchas de sus pretensiones. La pornografía empieza cuando el relato burgués cesa. Y es también, la pornográfica, la escena que se funda en una suerte de suspensión de la propiedad privada del cuerpo en su más cruda animalidad, es más es una provocación: es el sexo exhibido deliberadamente. Como dice Christian Ferrer, la pornografía es la fiesta de los minotauros en la que se exhibe impúdicamente la parte de “animalitas” de la condición humana.

¿La literatura como soporte de lo pornográfico?
No, no sé si plantearía así la cosa. Pero algo que a mí me llama profundamente la atención es que si bien la historia de la pornografía reúne una superación de soportes en términos de analogía con el referente (una literatura, la fotografía, el cine, el video, la televisión por cable e internet y algún día el holograma), no obstante, actualmente en la web hay un notable repunte del relato pornográfico. Hay sitios específicos -que no incluyen ni fotografías ni videos- dedicados exclusivamente al relato porno. Me pregunto si eso que movía al porno hacia una analogía referencial no está en retirada en función de un deseo de algo del orden de la textualización, de la verbalización (y por qué no también de la literaturización del porno) o si por lo menos no es el imperio del referente lo único que importa (que seduce) del texto pornográfico.

¿Es decir que vos hacés extensible la pornografía a una condición no necesariamente sexual?
Por supuesto. Yo creo que todo en ese libro es pornográfico. Digo: en el sentido en que todo esta pornografiado. Desde el habla reaccionaria (y esa porno no me pertenece sino que es mérito exclusivo de La Nueva Provincia), hasta el de las pedagogías salvacionistas de cierto realismo lacrimoso, pasando por el lugar común de la “pobreza honrada” o el mito burgués del héroe-macho-militante. Todo eso está, digamos, pornografiado en esos relatos, pese a que no se lo quiera ver.

¿Así que por ahí vos ves pasar el porno literario como condición afectada?
Sí, podría decirse que sí. Pero no es todo. No sé si es de buen gusto que lo diga, pero esos textos también está pornografiada parte de mi propia vida (decidí, digamos en un arrebato de inmerecido divismo, adelantarme a mis biógrafos, por supuesto, sin la lucidez rencorosa de un Luis Gusmán) y también cierta historia de mi relación con la escritura (para no fallar al canon del bildungsroman, que es a la literatura lo que al fútbol la ley del ex o la del técnico que debuta).

En ese sentido ¿habría una relación entre literatura y prostitución?
Desde ya. El origen etimológico de la palabra pornografía (del griego "porneia", o sea, prostitución o acción deshonesta, y "grafé", o sea, escritura o pintura) lo que justifica ampliamente la idea de su literaturidad en función de una condición fraudulenta, deshonesta e insincera. La literatura o, como solía decir Masotta (lúcido lector de Blanchot), el acto mismo de escribirla es constitutiva y fundamentalmente insincero. En este sentido las relaciones que la literatura habilita tienen más que ver con el adulterio, con el contrato prostibulario, la trata de blancas, la masturbación o el incesto que con las de la “norma” social. Más aún diría: la literatura, mentira de la verdad y mentira de la mentira, es siempre, necesariamente pornográfica al menos en un sentido: es un cuerpo que se ofrece para defraudar la expectativa de toda relación de una sola cara. Miente cuando dice la verdad pero también cuando dice la mentira, se compromete con una no-verdad pero también con una no-mentira (en tanto no se propone como verdad). Como dice ese lúcido personaje arltiano: la verdad es que es un bonito cuento. Es la puta que nos lame la oreja pero jamás nos hace precio. Toda relación con ella es consensuadamente ilegítima y artificial pero por eso mismo, porque a partir de ese consenso reconocemos en ella la no voluntad de engañarnos, nos enamora al punto de desearla sin un más allá que garantice el brillo de su experiencia. Como en el contrato de la prostitución se paga por la puesta en escena de un deseo, por la ficción de un deseo y de una escena sexual deseada.

¿Y vos? ¿en qué lugar te ponés?
Digamos, para seguir con el cuento de la verdad, que yo soy un curioso de esta enorme fuerza que hay en mí.


* Entrevista realizada por Ezequiel Paznik para Libido N° 2, Buenos Aires, invierno de 2007.