Hace años creí que podía serlo. Es decir: que podía escribir una obra literaria con algún horizonte de conmoción. Incluso que existía la posibilidad de ganar algún dinero por eso imaginaba; fijate vos lo torcido que miraba la cosa. Alimentaba esa [pelotuda] creencia el hecho de haber sido increíble y gratamente becado para un taller de narrativa a cargo de Alan Pauls y Héctor Libertella, a quienes yo consideraba y sigo considerando dos de los más interesantes escritores argentinos de fin de siglo XX. Durante esa época, con otros tres amigos [Claudio Dobal, Mariano Granizo, Fabián Wirscke] ensayábamos un comienzo en la experiencia literaria que se llamó La posición y que por momentos no nos salió tan mal. Lo que escribí por entonces fue reunido increíblemente por Ediciones de Barricada en un volumen titulado Grotescos, por gracia de los editores Diego de la Puente y Bruno Fernández. Era el comienzo: primero publicar…
Durante los años posteriores, y mientras el fracaso económico del libro se iba verificando -pese a una interesante recepción en unos fervorosos pero aislados sectores del campo intelectual-, leí la obra literaria de los escritores contemporáneos y empecé a entender que lo que yo hacía no era literatura. Era, en todo caso, una suerte de literatura b [léase: literatura basura]. Digo, una b que excedía a lo barato y a lo berreta porque eso todavía se relaciona con lo vendible y con el mercado. Leía, al mismo tiempo, con perplejidad autores de mi edad que escribían como se dice para la posteridad, como si algunos de los sucesos más importantes en la escena estética de la tradición nacional no hubiera ocurrido [pienso en Literal, por ejemplo]. Eran escritores serios. Escribían ellos y se los publicaba (se los publica) en sellos editoriales “prestigiosos” y eso, además de causarme una inocultable envidia, empezó a darme la pauta que había algo que ellos sabían hacer que yo no, pero secretamente siempre fui convenciéndome que eso [que ellos hacían y yo no] no era literatura (a secas) sino más bien la literatura demandada [y por eso mismo consentida] por/desde un sector determinado; un sector que, en fin, no tiene a la literatura en el centro de sus intereses precisamente. Era en cierto punto un conjuro, desde ya, que también me ayudó a pensar que acaso no todo estaba perdido para mí. Pero la verdad es que siempre he pensado que obras como las de autores como Marcelo Damiani u Oliverio Coelho [para poner dos de los nombres ejemplares de mi generación] me expulsaban de la literatura con una autoridad indiscutible. Todavía sigo creyéndolo, claro está. Sin embargo, no dejé de escribir. Seguí obstinadamente escribiendo y lo hice tratando de hacer de la escritura lo que, al menos para mí, nunca ha dejado de ser: una experiencia, una relación conmigo mismo. Sin embargo, nunca logré desentenderme del todo de la esfera de publicación. Algo me alentaba a creer en eso: la aparición de algunos destellos de la literatura que me interesaba a mí en algunos pasajes de Los años ’90 y un poema a Bahía Blanca de Daniel Link, algunas páginas de Los pájaros de la cabeza y Restos diurnos de Fogwill, en la presentación de algunas de las crónicas de Lemebel o Diamela Eltit en el país. Veía sí, como amenaza, en un momento en que el país se caía a pedazos (uno duda siempre del pretérito en estas frases), un retorno del realismo como poética de género, que además se corroboraba por el apogeo de la “Novela histórica” primero y por el “nuevo Non-fiction” después.Nunca nos explicamos cómo pero todo lo publicado en algún punto tenía que ver con el peronismo. Ah, el peronismo... siempre parte del problema, siempre parte de la solución. Este país... En fin, la historia se repetía y yo empezaba a ver que eso que se vivía como tragedia en la realidad, volvía como farsa miserable, intimidatoria y extorsiva en el plano estético. Por eso, siempre tan pertinente, yo elegía, para mi perdición, como caballito de batalla, la perspectiva literal.
(Un paréntesis entre nostágico y patético. Confieso que siempre escribí mirando fijo la página en blanco. Como un neurótico. Una sensación me invadía: quedar solo, como quien dice: pagando. Neurosis. Internamente estaba convencido de que ni siquiera en el círculo de la revista estaba del todo resguardado. Definitivamente, dentro del grupo la afinidad estética era compartida con Dobal, con quienes trabajábamos la textura que iba de lo paródico hasta lo francamente escatológico. Éramos [bueno, en realidad somos] los pornógrafos. E imagino que esa fue una de las puntas que muy bien vieron los editores para inscribirnos como mascarón de proa de una colección en la que hasta ahora sólo nos ha publicado a nosotros dos. En fin, admiraba esa forma del realismo serio como el que por entonces practicaba Granizo y que ha superado lúcidamente [como lo demuestra en Hombres hechos], es decir, esa suerte de realismo erigido desde una moral "brechtiana" y en cierto sentido conformista frente a lo que sea lo "real", sin voluntad para pensar la literatura no digo como negatividad, sino siquiera de manera desconfiada respecto de lo que bajo el rótulo de real es dado a través del orden de la cultura. Discutí mucho con Granizo a propósito de esa forma del realismo que se quiere sucio [pero que a mi se me hace de punta en blanco] e incluso varias veces tarareé su parodia. No por sus posicionamientos ideológicos -que, de más está decirlo, comparto-, sino por el uso instrumental de la literatura, que parte de cierta seguridad sobre aquello que sea lo real [digo: porque lo real también es una convención, ¿no?; y la convención por la que opta ese realismo -en este sentido, pedagógico- es definitivamente la más convencional: la del verosímil cultural del "sentido común"]. Por otra parte, aprendí sí mucho más de la superposición de planos, la confrontación de estéticas y la reformulación teórica que caracteriza a las lecturas de Fabián Wirscke, que de una estética de la seriedad a la que respeto pero que, hablando mal y pronto, ya no me dice nada nuevo.)
Entonces, mientras me graduaba en Letras [cosa que increíblemente ocurrió un día] no dejé de escribir, pese a lo que el manual de deserción dice [“Te anotás en Letras: dejás de escribir”]. Me maliciaba sí que ni siquiera en las cátedras más progresistas, la literatura que a mí me interesaba fuera más que apenas mencionada. Lamborghini, Copi, el Gusmán, García, Zelarrayán, Perlongher eran para mí la literatura. Pero la academia me daba, cuando no la insípida lectura de un Mujica Láinez o un Asís, la canonización del lugar común: Borges, Arlt, Walsh, Piglia, Saer, Aira y Fogwill (sólo Los Pichiciegos). En fin, como decía, he escrito, casi regularmente, hasta hoy un texto por año [aunque a veces el comienzo de uno y el cierre de otro solían superponerse]: Los gusanos, Los muertos kitsch, Perros también, Unidos, La perdición, Recursos naturales. Supe pues que ya no quería ser escritor. Para bien o para mal, para mi felicidad o mi perdición, lo era; y me gusta[ba]. Ahora sé además que no sebría cómo dejar de serlo. Primero porque no sé exactamente por qué lo soy, y segundo porque tampoco sé si quiero saberlo.
(Otro paréntesis, esta vez egotista. Sobre los textos reunidos en Grotescos Daniel Link y Alan Pauls me dijeron, cada uno a su despiadado modo, que veían ahí que algo se me escapaba, que se me iba de las manos. Y que eso es algo que se nota también en otros textos, que se ve a la legua que es algo que yo no puedo manejar, que no controlo. Insistieron ambos en que hay algo en "mis" textos que no soy yo y que no he podido [por impericia, por ignorancia, por pereza] o no he deseado [por provocar, por calentura, por resignación] censurar o por lo menos corregir. Se ve, está ahí, se me muestra también a mí ahora que lo veo con cierta distancia trágica. He podido hacerlo pero no lo he quitado ni he intentado corregirlo. Está ahí, intacto, y ahora no sé ya qué hacer con eso, sobre todo porque ahora no sé si no hay más valor en eso que en otras zonas del texto [digo: que en las zonas "correctas"]. Finalmente, no soy yo quien pueda dar con justicia en la tecla de al lado siquiera. Me digo [aunque no me lo crea del todo] que lo conservo como prueba de un deseo de experimentar en uno mismo poder e impotencia de la literatura en sus modos de trastornar el orden al que ella se dirige: el lenguaje. Contra esa plancha de metal se hace mierda, kamikaze, esta experiencia que en algún momento me da [me devuelve] algo del orden del goce en el presente y me permite luego, a la distancia, esbozar una risita sátira. ["El sátiro" y "La llorona" son dos fantasmas, dos seres imaginarios tutelares que me asedian desde la infancia]. En fin, frente la narración, frente a sus tiempos, frente a su lógica [que es la lógica de la historia], esta experiencia se revela por lo menos indócil: sigue la lógica de la histeria y eso la vuelve, diría, rabiosamente contemporánea.)
No obstante, fue la lectura de un trabajo cuya importancia polémica ha sido conjurada en indiferencia, y cuya lucidez política me resulta insoslayable al menos en lo medular de su propuesta, lo que me permitió pensar la cosa bajo una perspectiva más interesante. Literatura de izquierda, el libro de Damián Tabarovski que publicó Beatriz Viterbo, retomando a Barthes en sus momentos más espinosos, me ponía a la literatura en una huida a la vez del mercado y de la academia. Además de que Tabarovski escribía en torno a dos formas de la experiencia que a mí me resultaban vitales, en tanto constituían y constituyen en la definición de mi proyecto aspectos muy importantes [la literatura y la izquierda: dos interrogantes, dos grandes [difusas] zonas en torno a las cuales se define desde hace años una búsqueda] y lo hacía desbaratando los lugares comunes sobre los cuales la crítica establecía [establece] localizaciones. Era eso indiscutiblemente lo que yo estaba deseando oír de boca de alguien que no fuera yo [porque en mi boca esto siempre sonaría, e imagino que de todos modos suena, a resentimiento y consolación]. En todo caso, no se sabe por dónde pero la literatura pasa por otro lado, no por el mercado ni por la academia. Esto para el escritor pero también para el lector curioso, para el crítico.
Por ahí empezaría a pensar también mi experiencia literaria, pero también la obra de otros escritores, tanto los [auto]definidos como de izquierda y legitimados tanto por la academia como por el mercado como los que escriben sin tener que cumplirle los caprichos a sus demandas. Habría que sospechar por lo menos, en el mejor de los casos, una sutil mecánica de cooptación, de apropiación y neutralización de esos autores y muchas veces de sus obras. Pero de ese proceso van siendo ladeados ciertos restos, residuos [¿irreductibles?] que permitirían seguir pensando alguna forma de resistencia. Nunca me resigné a resignar esos restos. Sigo, como quien dice, cirujeándolos. No sé, cierta pasión patológica, ¿no? Meter el hocico, revolver en la basura ajena. Vivir del desperdicio, del residuo, comerse las sobras. Me lo imagino a Libertella: patologías argentinas...
* Fragmento/respuesta a El escarabajo e' lata, Córdoba, 2008.




