El Google no es más vertiginoso ni más aterrador que el Diccionario Espasa-Calpe o la Enciclopedia Británica. Tampoco sus búsquedas son más sensatas o desnaturalizadas. Borges había ya visto todo esto con lucidez en la década del '30. Su nominalismo a ultranza [mal que le pese a Stewart] muestra a las claras la condición antinatura que rige los lenguajes que no remiten más que a sí mismos. Imagino que google podría trabajar en eso si incluyese en los resultados de la búsqueda la búsqueda misma. Pero incluso ese límite ya ha sido quebrado por Borges a través de singulares tropos en su obra (el aleph, p.e.). El diccionario es ya, como la palabra “palabra”, el zahir y el núcleo paranoico del lenguaje. En este sentido yo creo que sería muy interesante estudiar las formas de la escribancia en la web, ver qué nos dice la vieja grilla del “Análisis del discurso” de sus “desprejuiciadas” y “liberadas” retóricas, sobre qué estructuras se componen y se jerarquizan; y, en especial, interrogar qué clase de superstición habita en aquellos discursos que se sienten llamados a defender o atacar el “soporte” o a considerarlo, por lo menos, objeto de reflexión intelectual privilegiada.
La literatura se come a los lenguajes digitales precisamente porque ella misma es el agujero negro de los lenguajes, el espacio en que la paradoja y el non sense conviven con la lógica formal más rigurosa. La literatura es la atopía de los lenguajes. Pero es además el lugar en que se revela el juego de los diversos régimenes según los cuales una fábula puede ser relatada: su ficción.
Que “no escribimos de la misma forma”, que la escritura se disemina a través de los soportes más impensados es algo tan viejo como la escritura misma. En dos líneas distintas pero bajo la misma inquietud La civilisation de l'écriture, de Roger Druet y Herman Grégoire y Le degré zéro de l'écriture de Roland Barthes se han encargado de probarlo con creces allá lejos y hace tiempo. Por otra parte, la red tiene sus manuales de escritura como otras formas de escritura los tuvieron: una página en que se explique “Cómo escribir para la web” no es menos ejemplar ni más artificial que La educación del estilo de Paul C. Jagot [Buenos Aires, Tor, 1937].
Que los escritores tiendan a “desconfiar” de los lenguajes y de los soportes en que la literatura se vehiculiza tampoco es novedad. Forma parte de su plan de operaciones. Pero es justamente la literatura la que sobrevive a través de esa diseminación de soportes [Carroll, Mallarmé, Butor y otros tantos están ahí para probarlo]. Todo artista que se precie no puede concebir en la “cultura” [en cualquiera de sus modalizaciones y a través de los formatos que impone] más que su cárcel y su libertad. Tomará pues sus lenguajes, sus dicciones, sus soportes, sus formatos sólo a condición de diseminar sus rasgos cual si maquillase una mercadería robada. El lugar del Código, del imaginario, es la condición “casi negativa” de la potencia de imaginar. Borges vio claramente esta condición singular en la literatura cuando escribió que era “el único arte capaz de profetizar aquel tiempo en que habrá de enmudecer, de encarnizarse con su propia virtud y enamorarse de la propia desaparición y cortejar su fin”. Ese día, ese imposible día, será indudablemente el día después del fin de los lenguajes de la Cultura.
*La nota completa fue escrita, como se dice, de un tirón luego de leer el post que Rafael Cippolini publicara bajo el sugestivo título “Escritores con software inmerso en su sistema nervioso (aunque a veces no se den del todo cuenta)” el miércoles 11 de febrero de 2009 en su interesantísimo blog. Pese a que el particular registro reflexivo de Rafael [cuyo carácter provocativo no vamos a descubrir acá] recorta algunos de los problemas revisados en esta nota desde otro punto de vista, cabe reiterar y agradecer su obstinación por poner en escena una serie de problemas que, naturalizados, condicionan concretamente a nuestro frágil y huidizo presente.
Nena, estás en posición adelantada (Martín Wilson)
Hace 10 horas

Jaime Rest,
El laberinto del universo. Borges y el pensamiento nominalista.
Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2009.
(184 págs. | 14x22cm.)
Colección: Rescate.
Prólogo de Maximiliano Crespi
ISBN: 978-987-24830-4-3
Marcelo Damiani (comp.),
El efecto Libertella
Beatriz Viterbo Editora, Rosario, 2010.
(224 págs.; 14x20cm.)
Colección: Ensayos críticos.
ISBN: 978-950-845-250-4
Rocco Carbone y Ana Ojeda (comps.),
De Alfonsín al menemato (1983-2001).
Paradiso, Buenos Aires, 2010.
(360 págs.; 15x22cm.)
Colección: Literatura siglo XX (dirigida por David Viñas).
ISBN obra completa: 978-987-9409-60-2 | del vol. 7: 978-987-1598-19-9
Ana María Zubieta (comp.),
La memoria. Literatura, arte y política
Bahía Blanca, EdiUNS, 2008.
(254 págs.; 14x20cm.)
ISBN: 978-987-665-012-3
Maximiliano Crespi,
Grotescos
Ediciones de Barricada, Bahía Blanca, 2006.
(160 págs. | 10x17cm)
Colección: Nueva narrativa
ISBN: 978-987-22983-2-7

