Podestá: catecismo político para liberales

lunes, septiembre 14, 2009 | |

Pese a lo que algún desmesurado y obsecuente crítico liberal pueda presumir, la “calidad literaria” de Irresponsable de Manuel T. Podestá (1853-1918) resulta bastante discutible. No sólo porque desde lo argumental chapotea sin resolverse entre la novela de iniciación y la autobiografía; sino sobre todo porque desde lo formal, en los grados de la escritura, Podestá no tenía más condiciones que su admiración por Zola y por Daudet y el título habilitante de médico clínico. Esto, que bien puede resultar bastante poco en la persecuta de un destino literario, resultaba sin embargo, hacia 1889 (año en que la Imprenta Tribuna Nacional publica Irresponsable de Manuel Podestá) el aval oficial en la letra impresa de los Mitre. Pasa que la presencia de Malatesta en el Buenos Aires del 85 no sólo había contribuido a propagandear aún más el pensamiento bakuniano entre la “horda” inmigratoria proveniente de España e Italia, sino que también había ayudado a formar grupos de estudio y acción concreta capaces de canalizar las fuerzas en una línea directamente combativa. Frente a eso, y frente a un creciente impulso de abandono del individualismo de los grupos anarquistas (que ya empezaban a palpara que el sueño contraestatal era imposible sin la idea de asociación) que pugnaban también por la representación en congresos federales y la defensa en acciones huelguísticas, la línea oficial empieza a organizar cursos de “sociología criminológica” y a reproducir una serie de tendencias ideológicas que participan de un común supuesto positivista: utilitarismo, sensualismo, materialismo, economismo, naturalismo, biologismo, pragmatismo.
La aparición de un “nuevo” modelo de escritor (que tiene por precursores al Cambaceres de Sin rumbo y En la sangre, por un lado, y al Cané de En viaje, por el otro) se hace evidente. Sicardi, Podestá, Argerich son médicos. Médicos educados en el positivismo. Algunos, pretenciosos imitadores de la comedia balzaciana; otros, metódicos perseguidores de la tecnología zoliana. Todos, en fin, afectados por un obsesivo humor cientificista que les carcome la osamenta hasta obligarlos al diagnóstico de la enfermedad que afecta el cuerpo social y que avizoran en los síntomas de una encrucijada política. Los hay que recetan remedios más o menos dosificados para los “males” que el organismo social parece aquejar, los hay apocalípticos –siempre los hay– que consideran irreversible la enfermedad en curso de metástasis social, y los hay también deterministas que prescriben única alternativa la intervención quirúrgica que extirpe de cuajo el tumor que afecta orgánicamente a la sociedad. Lo cierto es que todos coinciden en que el origen del problema tiene causa prima en el proceso inmigratorio propugnado por la misma clase que ahora lo repele o lo presenta como enfermedad.

* Acá el TEXTO COMPLETO, publicado en La Posición n° 8, Bahía Blanca, diciembre de 2005. pp. 15-18.