Posted by : Maximiliano Crespi domingo, octubre 25, 2009

Por Horacio González *

¿Por qué nos gusta Bombita Rodríguez? Este sutil monigote creado por Capusotto y Saborido, que en estos últimos tiempos está siendo comentado por gran número de personas, produce un sentimiento sorprendente, una feliz intranquilidad. Definido como “el Palito Ortega montonero”, despliega un alegre batiburrillo de palabras que no combinan entre sí, pero que al aparecer en conjunción introducen en el espíritu una severa incógnita sobre el funcionamiento del lenguaje. Si nos reímos de ese procedimiento que vulnera el sentido de las palabras desviándolas bruscamente de su lugar habitual, no por ello dejamos de preguntarnos si estaríamos así desbaratando la historia. Palabras que fueron el desconsuelo y la tragedia de miles y miles de personas, de repente son tomadas para un ejercicio paródico o convertidas en la fácil burla a una jerga maniática que pudo ser el subproducto cuestionable de una época, pero que muchos hablaron como talismán y apostura.El fijador “La Orga”, con el que se peina Bombita, podría dar lugar a que las partes de una tragedia sean vistas ahora como un sarcasmo pasajero y módico. Pero hace décadas que las innovaciones en el periodismo escrito provienen de la capacidad de apelar a públicos que poseen sobreentendidos culturales diversos, de tal modo que uno de los tantos regresos agónicos de Maradona, pudo alguna vez ser titulado como “El mito del eterno retorno”, acudiendo un acervo cultural disponible que produce cómodos signos de distinción así como ciertos procedimientos aprobados de saqueo cultural. De ello viven los grandes mitos del lenguaje.
Sin duda, con el humor que acompaña necesariamente todo nuestro decir literal, queremos mostrarnos como seres sensibles, que no van por la vida creyendo necesariamente que cada frase pronunciada es una lápida en nuestra conciencia. Por eso “tomamos las cosas con humor”, lo que quiere decir que siempre sopesamos lo dicho y lo retrabajamos para usarlo en otros módulos y contextos. Aliviamos así la vida con el recurso a la ironía y otras armas plausibles del dislocamiento de las creencias. Hacer del lenguaje un collage permanente y aludir a sus estereotipos, hayan sido o no trágicos, es una forma de salvarnos para otras conversaciones que imaginamos únicas, fuera de toda repetición. Ese retorno de las frases hechas, que un día fueron graves, pero ahora son parte de un humor piadoso que las reproduce con autoindulgencia y ternura, es tan necesario que no suponemos que sean profanaciones, formas de despreciar los valores más queridos.
Bombita Rodríguez tiene una genealogía familiar basada en la fresca insolencia del pastiche, pues remonta a su madre Evelyn Tacuara. Con estos trucos, ha reencontrado el humor basado en una combinatoria disparatada. Pero se trata de un comentario sutil sobre la escurridiza genealogía de la política argentina. Dichos o expresiones enterrados en el derrotado secreto de nuestra lengua política aparecen así bajo una forma dichosa, irresponsable e ingenuamente blasfema. ¿Por qué nos sonreímos en vez de pedir orden y respeto para apreciar los recodos de la historia? Sabemos que el humor suelta gatillos escondidos y apacigua nuestra conciencia haciéndonos ver nuevas relaciones. El disparate ilumina el hecho de que el mundo tenía más conexiones que las que habíamos supuesto. El trabajo del poeta Néstor Perlongher con las siglas partidarias de los años ’70 también revela que, si bien pueden criticarse esas construcciones que petrifican el lenguaje, siempre son un atractivo punto de reflexión sobre la creencia de los hombres y el modo de perseguir sus deseos, lo que también incluye el de perfeccionar la lengua operativa, al precio de hacerla sumaria y cristalizada.
Nuevamente me pregunto: ¿por qué nos gusta Bombita Rodríguez? El ars poetica de Capusotto consiste en agrupar súbita e infantilmente, sin mediaciones, dos términos provenientes de universos incompatibles. El mundo de las culturas mediáticas con las jergas políticas más tipificadas, el recurso de lo grave con su mención en tono de farsa, las palabras sigilosas de los insurgentes con objetos cotidianos que las hacen irrisorias. Pues bien, son los procedimientos de la risa, ritos inmemoriales que obligan a ampliar la visión del mundo conectándolo con el caos previo a la inspiración. Se trata quizá de reiniciar todo otra vez, poniendo el lenguaje transcurrido en mano de los comediantes, los juglares díscolos, los payasos tiernos. Basta recordar el juego de transmutaciones chaplinescas en El gran dictador para percibir cómo este tipo de humor, que con su red captura todo lo hablado en momentos de peligro, puede ofrecer un punto de vista generoso sobre la historia, con personajes salidos del arte que hace contorsionar los caracteres, discursos y vestimentas.
Bombita Rodríguez descansa en una interpretación de audacia plástica e ingenio paródico. Como pantomimo contorsionista, Capusotto es igual a la forma en que tritura y recompone absurdamente el lenguaje. Su histrionismo acude a incesantes travestismos y entrega personajes que parten del clisé y lo hacen estallar en un punto del lenguaje graciosamente insensato, como en el nombre del cantante “Luis Almirante Brown”. Son candorosos fantoches que llaman a la indulgencia y a la conmiseración reflexiva, y por eso podemos considerar que el método de la irreverencia con las genealogías políticas argentinas desentumece el pensamiento. Más en este momento. La lucha política a la que asistimos, donde se intenta desestabilizar a un gobierno que lanzó su mirada hacia los mismos años de los que Capusotto extrae su galería de polichinelas del lenguaje, revela también el intento de reutilizar vicariamente, en forma truculenta, los pedazos sueltos de una historia devastada. Cuando el Sr. De Angeli lanza desde la ruta, “con su rostro curtido de hombre laborioso”, un pensamiento que parece candoroso –“las retenciones son un producto de la Revolución Libertadora”– está acudiendo también a un desparpajo contorsionista, que junta conceptos opuestos, confiscando los sentidos clásicos y las interpretaciones verdaderas. Son también los mecanismos de la inversión y reapropiación poderosa de los restos de la historia nacional, a los efectos de su vaciamiento. Desmonta sentidos para seguir con las mismas palabras. Bombita Rodríguez, en cambio, desmonta palabras para encontrar nuevos sentidos.

* FUENTE: Página/12, 16 de junio de 2008.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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