Posted by : Maximiliano Crespi miércoles, abril 07, 2010

17grises editora republica completa la primera parte de la entrevista que Nexo le hizo al autor de El revés y la trama.

¿Cuál es hoy el lugar del trabajo crítico intelectual?
Tuve esa pregunta en la cabeza durante toda la escritura de El revés y la trama. Diría más: ese libro es una forma, no de responder, pero sí de lidiar con esa pregunta. Iba con ella a Viñas y volvía con ella a mi propio trabajo. No pensaba el trabajo del “crítico literario”. Pensaba en términos de trabajo intelectual. Eso porque si hay algo contra lo que me interesa pensar mi propia práctica es la especialización. Para mí, escribir ensayo crítico es un modo de resistir a las posiciones que quieren engrillar la crítica y atribuirle valor en función de esa especialización, que es la exigencia concreta de intereses mercadotécnicos. A diferencia del crítico literario o el filólogo, el intelectual es un crítico, a secas. Su trabajo es trazar una diagonal entre las series. Eso es leer críticamente: unir dos puntos distantes en el espacio, imaginar, tejer y destejer relaciones entre las series, pensar concurrencias y disidencias. Por eso cuando se acerca a la literatura, no lo hace por motivos estrictamente literarios, si lo hace a la filología o la sociología no lo hace con un interés meramente filológico o sociológico. Las operaciones que realiza cobran un sentido político precisamente en esa exploración de lo naturalizado en la trama de discursos que es lo social. Su trabajo es siempre una intervención situada. Pero es también una forma de resistencia a ese corte que impone límites donde debiéramos saber/poder imaginar pasajes, relaciones, y que nos fija el rol de jugadores de Antón pirulero. Lo decía Barthes: la tarea histórica del intelectual es la de poner en crisis la conciencia burguesa, fragmentar el viejo texto de la cultura, de la ciencia, de la literatura y diseminar sus rasgos según fórmulas irreconocibles, tal y como se trasviste una mercadería robada. Ese no es pues un movimiento de destrucción, no es exterior (no podemos ausentarnos a aquello que nos configura hasta la intimidad); es interior, y de lenta y gradual descomposición. Pero para que ese movimiento sea efectivo, es preciso seguir esa descomposición, descomponer lo que somos, lo que se espera que seamos, en el núcleo mismo de nuestra praxis.
El revés y la trama es un intento de pensar el juego político que hay tras la ruptura con lo que se entendió por praxis intelectual. Es una discusión con la tendencia a declarar la “natural” muerte del intelectual o su reemplazo por una capciosa interpretación de la figura del “intelectual específico”: el paso a retiro del intelectual para imponer la figura del especialista. Esto, que es ya un rasgo frecuente incluso en las líneas más progresistas de la Academia, es ya una práctica conjuratoria: apoyarse en los dichos de algún referente del posestructuralismo para justificar su pasividad activa y su complicidad secreta con el orden en que se apoyan las estructuras del presente.
Quizá me equivoque pero prefiero pensar mi práctica crítica en otros términos. No vivo con culpa ni me atajo ni me espanto ante la palabra “intelectual”. Es una palabra muy fuerte, es cierto. Con una larga tradición de nombres propios. No me cuelgo ese cartel ni me lo descuelgo. En todo caso me interesa pensar para mi trabajo crítico alguna proyección social. Por eso elijo pensar cruzando las disciplinas, porque un crítico literario –y no pienso otra cosa de un sociólogo, un filósofo, un historiador o un psicoanalista–, debe asumir que su práctica se entreteje en la trama de los discursos sociales, en la cual sobrevive en un continuo tironeo de intereses que incluye transacciones, solicitudes, dependencias, correlatos y servidumbres; pero debe asumirse responsable no sólo por su propio lenguaje sino también por el lenguaje de aquellos a los que concede autoridad para construir esa forma cambiante e injusta que llamamos “realidad”. Somos responsables por lo que decimos, pero también por lo que asentimos que se diga. La apuesta intelectual de una práctica no se juega en arrogarse un lugar especial para hablar “en nombre de” (el lugar mesiánico a través del cual el intelectual se pensaba como el lugar de la verdad, de la denuncia y de la queja, para sostener los intereses de una clase que no es su clase). Nada de eso. La apuesta intelectual radica en comprometer la propia praxis en y a la manera de una proyección política. Eso implica anudar el reconocimiento de una posición de clase, claro. Ese es el comienzo: encontrar en uno mismo, en la propia práctica, presente, lo que hay para transformar. Desde esa incomodidad con lo que somos y hacemos de nosotros mismos (y de los otros) es preciso empezar imaginar otros modos de ser, otras formas de luchar contra el imaginario que la propia clase, burguesa o pequeño burguesa, nos impone a nosotros sujetos, escribientes y pensantes, en cierta medida privilegiados en el contexto de una sociedad día a día más injusta, más desigual en la distribución de sus saberes y sus riquezas.

* Entrevista de Agustín Hernandorena, aparecida en Nexo. Artes y Culturas, Ed. N° 37, Suplemento Cultural del Periódico Ático.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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