“Sarmiento es el primer escritor moderno de nuestra literatura”. Categórica, inspirada, la frase de Viñas remite tanto a la imagen del escritor como a la de su escritura. La razón es doble. Por un lado porque, con sus Viajes (publicados en dos tomos entre 1849 y 1851), por primera vez en un libro argentino se siente la proximidad constante del que escribe. Pero además porque esa presencia toma –en un sentido espacial y político del término– también la propia escritura: el estilo se singulariza a partir de los ademanes de un cuerpo concreto, palpable. Los viajes (a Europa, África y América), ponen en escena de escritura a un cuerpo y sus afectos; sobreimprimen sus humores, sus pasiones, sus deseos, sus frustraciones, sus “impulsos”. Fábula y ficción exhiben pues filo y contrafilo de una experiencia que se hace propia en la tensión causada por el desajuste insalvable entre el viaje imaginario y el viaje real.
En la articulación de un movimiento análogo (que va y viene de lo propio a lo ajeno), desinhibido y sin afectación, Sarmiento anota y comenta escrupulosamente sus viáticos en un Libro de gastos. Ni ahorra ni derrocha; consigna, en el espacio de la fábula, lo que al cuerpo pide la situación: ropas, bebidas, comidas, orgías, drogas. Lo imprescindible para “mostrarse”, para “hacerse ver” aun “cubriéndose” (el arte indirecto de la seducción), para “no dejar traslucir la gaucherie del provinciano”, para andar “como un elemento, como un cuerpo sin alma en la soledad de Paris”. La propia mirada sobre lo propio abre el desdoblamiento e imprime, en el plano de la ficción, la relación de un cuerpo consigo mismo en el propio imaginario. Sarmiento se ve: tembloroso, llegando a las costas de Francia; ansioso, ante Guizot, estrenando un corbatón blanco; melancólico, a través de la ventanilla del tren, yéndose una mañana de Ruan; natural, con musculosas tiradas “a lo Whitman”, flirteando con las muchachas yanquis proclives a los “amoríos castos”. Un cuerpo habla, pero también respira, jadea, gruñe, rezonga; se agita, se calienta, transpira, tiembla. Lo que manda es el deseo; es decir, la barbarie.
Pero, por otra parte, la escritura sarmientina semblantea su modernidad apropiándose también de la neurosis que la pulsa. Adolfo Prieto parece intuirlo: en el frustrado ensamble entre sus aspiraciones individuales y la realidad social, Sarmiento se obliga a crear un personaje histórico, iconográfico y novelesco. Se escribe en esa tierra de nadie que se abre entre la propiedad y la atribución. Su adjetivación –punta de lanza de esa escritura paranoica que tiene al mundo siempre como fuerza adversa– define claramente el carácter contencioso de la frase. Su escritura autobiográfica –Nicolás Rosa ha dedicado páginas memorables a su estudio– sigue, con brío soberano, la retórica política y pedagógica de la fundación: se funda un nombre (un cuerpo imaginario) como se funda una cuidad, sobre un territorio ganado a la naturaleza. Se civiliza. La escritura se despliega así en función de una construcción mítica (del origen) que halla en lo novelesco un dispositivo productor de efectos de verdad, un constructo de verosimilización que inscribe su propio nudo borromeo en la superposición de los saberes del sujeto, de la escritura, del objeto y del lector. Mi defensa (1943) y Recuerdos de provincia (1850) son, en efecto, el relato de esa experiencia aporética en que el yo lleva adelante la “novela del yo”, desdoblándose y transformándose al narrar sus aventuras, sus relaciones con los otros, sus dominantes narcisistas e imaginarios.
Narrar el encuentro con el otro desde lo sentido en el cuerpo propio; darse una propia imagen en la construcción razonada de un imaginario. En esa doble flexión se sella la precursora modernidad de una escritura cuya mayor lucidez reside en comprender que lo “propio” no se produce en lo testimonial sino en lo novelesco. Los libros de Sarmiento pasan por su propio imaginario en la misma medida en que pasan por su propio cuerpo: para hacerse cuerpo en él. Condición que toca también al Facundo (1946), que parte de la persecución de la cual el que escribe se hace víctima, y a Argirópolis (publicado sin firma en 1850), utopía delirante escrita, según ciertos historiadores, bajo la influencia de alucinógenos, siguiendo las experiencias de un admirado poeta inglés (para unos Coleridge, para otros De Quincey). “Ser autor o ser rey”: en esa encrucijada drástica, excesiva, formulada a orillas del Sena, se juega el sentido del cuerpo propio y su imaginario en las "escrituras del yo sarmientino". Ser un cuerpo que sea más que un cuerpo, que pueda más que un cuerpo. Un cuerpo que, aún desnudo, parezca siempre vestido de oropeles.
*Publicado en Revista Ñ, Sábado 12 de febrero de 2011. p. 8.

Jaime Rest,
El laberinto del universo. Borges y el pensamiento nominalista.
Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2009.
(184 págs. | 14x22cm.)
Colección: Rescate.
Prólogo de Maximiliano Crespi
ISBN: 978-987-24830-4-3
Marcelo Damiani (comp.),
El efecto Libertella
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(224 págs.; 14x20cm.)
Colección: Ensayos críticos.
ISBN: 978-950-845-250-4
Rocco Carbone y Ana Ojeda (comps.),
De Alfonsín al menemato (1983-2001).
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(360 págs.; 15x22cm.)
Colección: Literatura siglo XX (dirigida por David Viñas).
ISBN obra completa: 978-987-9409-60-2 | del vol. 7: 978-987-1598-19-9
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La memoria. Literatura, arte y política
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(160 págs. | 10x17cm)
Colección: Nueva narrativa
ISBN: 978-987-22983-2-7

