Posted by : Maximiliano Crespi martes, marzo 22, 2011

El proyecto intelectual de David Viñas se funda en su lectura política de la literatura argentina. Su obra crítica exhibe la provocación como una de las bellas artes.

David Viñas (1927-2011)
Por Maximiliano Crespi
La obra crítica de Viñas afirma siempre la prioridad de una lectura política. Esta condición, que impregna también a su narrativa y a su teatro, constituye el imperativo ético en que se funda su proyecto intelectual. La obstinación no es caprichosa: se concibe y justifica como la acción política de un trabajo orientado a “provocar en cuadros”. Frases canonizadas como “El estilo es el hombre al que uno se dirige”, “El estilo es la resultante más inmediata de lo superestructural y, como el carácter, es un síntoma” o “Toda estética implica una moral”, vuelven siempre traducidas –de un mano a mano en el bar La Paz– como: “el hombre es su trabajo”, su “laburo concreto”, su “faena”; “lo demás es el charloteo: gambeta o inflacionismo”. El ajuste es eficaz: devuelve la práctica específica a su materialidad cotidiana y conjura la “mitificación del escritor” y de una labor “tradicionalmente santificada”. Restituye la función intelectual a la encrucijada de una situación: leer políticamente es leer acá y ahora, con las manos en el barro; es asumir la perspectiva política no como una entre otras, sino como aquella hacia la cual las demás lecturas tienden; leer no en rechazo de esas otras lecturas, sino más bien promoviéndolas e implicándolas, comprometiéndolas en sus ecos y resonancias. Dicho esto, no encuentro modo menos injusto de honrar la pulsión política que gobernó la vida de Viñas que el de repasar, aunque más no sea raudamente, no ya el mitológico y trajinado anecdotario que presume la espectacularidad de su figura, sino el trabajo concreto que rubrica su estatura intelectual.
Reeditado con modificaciones en varias ocasiones, Literatura argentina y realidad política (1964), es su trabajo capital. Define el comienzo y anticipa las directrices de toda su obra crítica. Allí, lúcido y tajante, Viñas rompe con las esclerosadas versiones de la historia literaria argentina (de Rojas a García Mérou), y lee el proceso de “nacionalización de la literatura argentina” como efecto de su articulación en el programa político burgués: “La literatura argentina es la historia de la voluntad nacional”; es decir: es (no representa) la historia de la voluntad de la burguesía por imponer su proyecto de nación. Percibe con claridad la coartada implícita en la idea de “nación” (donde la burguesía se invisibiliza a la vez que universaliza su proyecto político, imponiendo su régimen de propiedad, legalidad y configuración ideológica) y reconoce que la literatura no es inocente ni ajena a ese proceso. La burguesía se diluye en el “Proyecto nacional” tanto como en la “Literatura”: para ella, no hay más libro que el Libro burgués, no hay otra Literatura nacional que la literatura burguesa, ni hay más Autor que el escritor burgués. Viñas descubre la complicidad solapada en la tríada burguesía-literatura-nación (la literatura naturaliza los contenidos ideológicos a partir de los cuales la burguesía impone y universaliza su proyecto político) y se aboca a rastrear las operaciones políticas que la clase dominante realiza con la literatura por la nación. En función de eso, crea un estratégico dispositivo que reorganiza el material literario enfatizando su función política. Lee en la confluencia de textos, gestos, voces y cuerpos; señala condicionamientos y verifica elecciones; construye objetos, traza coordenadas, diagrama series históricas de acuerdo a “manchas temáticas” o estructuras significativas (mayormente variantes de la relación amo-esclavo); dispone cortes y cesuras; define constantes, zonas de condensación o emergencias; o despliega rigurosos análisis de texto. Sin embargo, el gesto más lúcido se deja leer allí es el de la adopción de un materialismo práctico, que neutraliza la escisión entre estructura y superestructura, entre naturaleza y cultura, entre acción y verdad, entre literatura y política, en tanto toma por objeto la praxis en su cohesión originaria: Viñas lee una mónada textual en cuya integridad fáctica literatura y política se hallan fusionadas e inescindibles una de otra.
Publicada en 1965 por la Universidad del Litoral, su tesis doctoral sobre Laferrère sigue ese mismo patrón crítico. En ella, brinda un minucioso análisis textual al que incorpora un contrapunto histórico de acontecimientos socio-políticos. Ensambla un celoso mecanismo de lectura que toma la historia no como un epifenómeno, sino como el humus que abarca por igual al escritor como nivel constituido de una existencia impersonal constituyente (la clase) y al texto literario como “respuesta próxima” a los acontecimientos sociales. Lee el teatro hedonista y diletante de ese “gentleman rezagado” en el horizonte de una crisis social que desborda el orden de la ciudad liberal cuyo apogeo es la primera presidencia de Roca. La ciudad asediada por inmigrantes que reclaman lo que se les niega (la propiedad de la tierra) y que, en consecuencia, se movilizan políticamente crispando la paz aparente de esa sociedad clasista. Con precisión arqueológica, entre Jettatore y Las de Barranco, Viñas lee la retórica de una conciencia de clase “a la defensiva” que, en su retirada, desnuda sus contradicciones, cobardías y miserias.
Grotesco, inmigración y fracaso (1973) replica, en negativo, esa línea de lectura. El grotesco discepoliano aparece como “transgresión literaria a una coyuntura histórica” signada por el frustrado ascenso de las clases medias al poder. Viñas nota, en el brote del genéro grotesco (el “sainete dialectizado”), la materialización expresiva (barroca) de una poética plebeya que, a nivel del lenguaje, revela la emergencia de una voz reprimida en el arco que va del triunfo de Yrigoyen en ’16 al golpe del ’30 encabezado por Uriburu.
La serie que abre De Sarmiento a Cortázar (1971) suscita aún polémicas picantes. En ella se da a leer, en la figura del escritor (burgués), la teatralidad que implica a las escrituras. La clase habla en sus envites, retracciones y tironeos. Pero, como es el cuerpo presente en la escritura (no el representado) el que devuelve las contorsiones clasistas y no a la inversa, Viñas lee los cuerpos de los otros sin escamotear críticas sobre los humores y pasiones del suyo. Previsiblemente, la serie enlaza la violación que marca al liberalismo romántico con la abstracción cortazariana; pero, sin caer en facilismos, presenta además un abanico de matices que incluye heterodoxia e incomodidad en Hernández, guiño y autoritarismo en Mitre, cuchicheo y complicidad en Mansilla, pulso tembloroso en Cané, desmaterialización beata en Darío, retiro, soledad y abandono en Quiroga, orden enfática y súplica sumisa en Lugones, vacilación y acurrucamiento en Arlt, espíritu y alienación en Mallea, astucia y elusión de la carne en Borges y patética cristalización estatuaria en Sábato.
Pero ese libro es además el “complemento” de otro casi clandestino, publicado por Carlos Pérez: De los montoneros a los anarquistas (1971). En ese trabajo, recortado entre dos emergencias de rebelión popular y sus respectivas reacciones (Pavón y la Ley de Residencia) donde la política se ejerce también sobre los cuerpos (desde la cabeza del Chacho exhibida en una pica en Olta al ajusticiamiento de Falcón a manos de Radowitzky), Viñas plantea sus polémicas de historiador. Cuestiona y discute, a la vez, interpretaciones de la historia argentina producidas tanto desde la vertiente liberal-progresista como de la “bajada” nacional-populista (“revés y derecho del pensamiento burgués argentino”), teniendo por eje cardinal la “continuidad permanente de la lucha de clases”.
Escrito en Berlín y editado en México, Indios, ejército y frontera (1979) es “el libro del exilio”. Precursor en la órbita de los estudios culturales en el país, su trabajo de archivo desnuda la articulación entre un proyecto de ocupación territorial (de racionalidad capitalista) y una ideología positivista (que se prepara para legislar sobre lo social) en la liturgia de una “literatura de frontera” que exhibe sin tapujos el programa político del genocidio perpetrado por el Ejército argentino sobre los pueblos originarios. Pero eso no es todo. El libro guarda a su vez las huellas de su propio presente. Desde su mismo umbral, la investigación (que no patina en el facilismo maniqueo de “los ángeles indios” vs. “los demonios blancos”) insiste en subrayar la coerción a la que el sistema burgués apela cuando se sabe en crisis, el silenciamiento que se impone cuando se quiere negar la violencia que subyace a la instauración del Estado liberal, y fuerza a pensar una continuidad entre “los desaparecidos de 1879”, los de la Década infame y los de la dictadura reciente, acentuando la crispación liberal que antecede y escolta los golpes del ’30, el ’55 y el ’76.
Los libros de Viñas dejan siempre sus marcas en el presente; prueba de ello es su último y ninguneado trabajo de largo aliento: De Sarmiento a Dios (1998). Escrito sobre la “mancha temática” del “Viaje a USA” y publicado luego del “incidente Guggenheim”, en un contexto de fervor posmoderno en que muchos de sus “pares” se desviven por un cargo módico en una universidad norteamericana, el libro lee un proceso que se abre con Sarmiento a mediados del XIX, con cierta “tensión dramática” (capaz de exhibir incluso “apelaciones y discrepancias respecto del modelo”), y que se cierra, en plena década del ’90, como un deslizamiento hacia una “especularidad sumisa”, de oportunos acomodos, “tachaduras presuntamente insuperables” y “obsecuentes supeditaciones”.
Como cualquier trabajo concreto, el de Viñas no se pretende inmaculado. Ni pide ni precisa extrema unción. Sus libros sopesan, junto a sus provocativas boutades, hallazgos luminosos y claroscuros, argumentos implacables y enunciados imprecisos, juicios certeros y apreciaciones apresuradas e incluso arbitrarias. Es parte de la religión. Lo que no empaña sino que más bien humaniza la solidez y la coherencia de un proyecto intelectual que asume sus posiciones como si lo hiciera en un campo de batalla. Lo que tiene sus costos: una crítica así, sin condescendencias para con sus pares, impiadosa con los enemigos e intolerante a la obsecuencia de monaguillos, incomoda o espanta hasta dividir aguas. No sólo se expone a los previsibles, oportunistas y mezquinos ataques de personajes como Asís, sino también a la indiferencia cómplice y la adulación acrítica de su “colegatura”. Finalmente, como escribió Sartre, la generosidad de los otros es la medida de nuestra mezquindad: el trabajo crítico de Viñas hace patente –triste, patéticamente–, como revés de trama, la puerilidad y la miseria de un campo intelectual aguachento que, muchas veces, ni siquiera vacila en proclamarse progresista.

* Publicado en Revista Ñ, Sábado 19 de marzo de 2011. pp. 20-21.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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