Posted by : Maximiliano Crespi miércoles, mayo 25, 2011

Recuperadas en el blog de Nexo de luxe, he aquí algunas palabras balbuceadas en la presentación de La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (UNIPE: editorial universitaria, La Plata, 2011), realizada en la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca).

«Quería hacerles llegar tan sólo algún detalle de lectura, de la lectura que yo he empezado a hacer de este libro que, indefectiblemente, día tras día iré sintiendo cada vez más lejos.
En primer lugar, quería decirles lo obvio: que estas páginas pertenecen al orden de la diletancia. Yo soy un lector amateur. Un lector que escribe la lectura. No sabría cómo empezar a pensar qué cosa sería llegar a ser un "lector profesional" o cosa parecida.
Por ello, vale la pena dejar en claro que, aunque contiene pasajes de apariencia teórica y de apariencia crítica, este no es –ni pretende ser– un libro de teoría o de crítica. Más aún: en el texto se dice, con cierta insistencia, “esto no es un libro, es una serie de apuntes” y “acá no hay una teoría, acá no hay una crítica; acá hay apenas una secuela o, mejor aún, una deriva”. ¿Una secuela de qué? Bueno, confesémoslo sin ansias de redención: de una atracción y de una negligencia.
Soy, y creo que siempre he sido, un ser atraído por eso que se llama frecuentemente lo novelesco de la teoría. Me atrae lo fabuloso de la fábula teórica, de la fabulación crítica, diría que casi en la misma medida que me atrae intervenir en el lenguaje con que se teje su ficción.
Dentro de esa atracción tiene un lugar privilegiado la fábula oscura: las situaciones infames, las zonas desoladas, los personajes bastardos que dan sentido a lo novelesco de esa novela.
Diría: soy un coleccionista de fracasos teóricos. No porque me guste fracasar, sino porque, habiendo fracasado muchas veces, he terminado por encontrar el valor en el fracaso, en el error, en el desliz, en el lapsus, en el desacierto. Podría decir que ya es casi una frase de cabecera: no sé lo que quiero; quiero lo que no sé.
El personaje abandonado sobre el que trata esta novela que se presenta es, como contempla el subtítulo, el jeroglífico. Como podrán comprobar quienes lean el relato, él mismo no puede establecer una relación de naturaleza amorosa con ninguna de las zonas de intensidad en que se lo encuentra. Ni Valéry, ni Roussel, ni Foucault, ni el propio Ciocchini lo soportan demasiado. Lo tratan brevemente, como a un amante casual, y lo abandonan, sin más, a su propia suerte. Este libro cuenta de algún modo también esa desilusión amorosa y ese abandono cruel.
No por ello habría que fiarse del relato. Yo sé que uds. saben que una tramoya simpática para neutralizar el carácter arrogante de un discurso (sin hacerlo realmente) es decir lo que voy a decirles ahora. Me aprovecho de la complicidad que cuida esa verdad pues para confesarlo: yo siempre miento. Tras esa confesión, claro está, relevo de pruebas. Miento cuando miento pero también miento cuando digo la verdad. Ahora está en Uds. si me creen en la mentira o me creen en la verdad. No podrán decir que yo no les avisé los términos espurios de este contrato. Créanme: les miento de buena fe. Mentir, lo que se dice mentir, es devolver una vez más la palabra a su condición de mascarada. Por eso es que mentir quizá sea, paradójicamente, en este caso decir la verdad por un rodeo: mentir sobre el jeroglífico, sobre la máscara, sobre el doble de lo perdido definitivamente bien podría figurar una doble negación o una negación al cuadrado.
Esa negligencia, que no sería justo despegar del deseo, no deja de hacerse presente en este texto. Él mismo se abre a una exploración de la letra que se imprime y sobreimprime en una lógica suspensiva, en algún punto literaliana: "Intrigar, conspirar / no dar el golpe". Lo que deja la escritura de la lectura fuera del régimen del policial y la devuelve al siempre riesgoso espacio del gasto improductivo. En ese espacio, hay algo del orden de la propiedad que se resigna pero, correlativamente, se habilita otro régimen: el del latrocinio como procedimiento combinatorio. Se puede robar la fábula, pero –quiérase o no– es imposible no hacerse cargo de la ficción. El trabajo novelesco del despiste que desde hace años ilumina nuestra fabulación teórico-crítica también remite a una consigna literaliana (“Alguien, alguna vez pensará en Nietzsche pero escribirá Sade”): al tero que cita a Rosset hay que ir a buscarle los huevos en Caillois.
Restituir autoridades o propiedades textuales siempre es posible. Se ha hecho miles de veces, siempre con los mismos resultados: el olvido de la novela presente en función de una evocación del texto patrón. En este caso específico, temo incluso que el hecho podría comportar un componente aún más aterrador: la posibilidad cierta de comprobar que en el origen de estos textos sólo hay lecturas aberrantes, disparatadas o sencillamente falsas, lecturas que si permitieran pensar en un rostro en el origen no sería otro que el de Medusa tras la violación.
Espero que se entienda. No se trata de una estrategia; es una táctica: adoptar la posición del entontecido-cínico. Quien quiera entrar en el pacto de lectura que propone este trabajo novelesco, deberá confiarse no a un autor ni a un saber; sino a la potencia misma de la letra, al azar del encuentro fallido, al saber inestimable de la frase ambigua, al milagro secreto del error productivo. Háganme cargo, si les parece, de ese paisano sin patria que llamamos sin-sentido. En una palabra, para enunciar de una vez por todas mi deseo, me gustaría que me leyeran simplemente como si oyeran a alguien contar, con el estómago vacío, un sueño que no entiende.»

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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