En el espacio de la fábula, la novela narra –en retrospectiva– una saga familiar desde la memoria de uno de sus integrantes menos típicos: María Micaela Stradolini Caserta, la primogénita de una familia terrateniente de provincia, una criatura indócil, cuya desmedida “inteligencia”, piel morena, flacura y grandes ojos no dejan de hacer presente un origen oscuro. La descomposición de una escena familiar (que remite a la de Las meninas y a la historia del enano Pizzighini de Locos Solus de Roussel) deja entrever la imagen de una alegoría política: muerto el padre, “prócer” y autoritario, la joven madre, heredera de un poder que la excede, no puede evitar la destrucción de la familia a manos de los monstruos que ella misma ha creado (y que le frustrarán aún futuros maridajes). El hilo del relato sigue las peripecias infames de Micaela (al comienzo acompañada de su enano hermano, un “engendro” que apaña sus tretas repitiendo cortadas las únicas tres sílabas que es capaz de articular). El vendaval de la historia envuelve la serie de afrentas recibidas y dispensadas por ese ser rencoroso y obstinado que en un lejano castillo siciliano llega a reconocer, en el origen incestuoso e infame de su cepa, su ominoso destino. En ese hallazgo no hay empero aprendizajes (el texto rechaza de plano tanto el gastado sermón pedagógico como el rosario mecánico del bildungsroman). Micaela no es menos reaccionaria de vieja, riendo jubilosa ante los ancianos que huyen espantados del asilo que acaba de incendiar (y que el peronismo ha erigido en el suelo expropiado a los suyos), que de niña, al escupir el rostro de la negra a quien es legada su crianza (y que luego, acicateada por la CGT, osará exigirle “sueldos atrasados”). No hay conversión ni arrobamiento de conciencia. Una ideología pueril, caprichosa y perversa resiste a toda experiencia de amor, degradación, desencanto, humillación o pérdida. Ella misma parece incluso no dejar de aferrarse a eso durante todo el relato de su periplo existencial: “nosotros, los Caserta, somos monstruos infames y cabezudos; pero no somos ni negros ni peronistas”. En su imaginario, y en el de su enana tía-abuela, hay verdad en la monstruosidad sanguínea de su “estirpe”, pero sólo hay indignidad y perfidia en la de la raza y la clase de los otros. Infames, depravados, miserables, sus personajes se aferran a la propia miseria de la gens (como a los espacios cerrados) para justificarse y salvar la “grandeza” que la historia les expropia.
En el plano de la ficción, la novela exhibe una técnica admirable. La prosa se despliega con precisión modernista. Como en Kafka o en Joyce (textos que se encuadernan en metal para que resistan la balacera bárbara), es, a un tiempo, lenguaje de exploración de una experiencia y la experiencia de una exploración del lenguaje y de las condiciones mismas del relato. Venturini conoce bien su oficio y aprovecha el pretexto narrativo para explorar formas de articulación y contrapunto entre fábula y ficción. Su escritura no se ciñe a una sintaxis o a un ritmo narrativo; extrae su intensidad de la promiscuidad en que se proyecta la trama. Explota “estilos” en función de la tensión dramática de las escenas. La sintaxis se intensifica o se ralentiza acompasando el tiempo narrativo al de lo narrado. Se arremolina en situaciones de vértigo o de éxtasis; se aplaca y se densifica cuando llega la calma. Emplea con pareja y elegante eficacia la acumulación sinuosa y pervertida de adjetivos (que se florean en una teatralidad casi barroca) o la frase seca, tajante (probando que la austeridad también puede ser ostentada). Así, logra dar cuerpo y cualidad a una voz insolente en el envés de un imaginario patético y cuantitativo, donde la inteligencia cede ante el acopio de saber y la erudición se desborda, sobreactuada o teatralizada en el melodrama. Crea y sostiene la voz de un monstruo-intelectual que cobija en su interior a una hija resentida, una joven frígida y una vieja nostálgica. De ahí que la memoria de esa “cabezuda” contra natura, animal enfermo de tirria y racionalidad, sea tan arrogante como endeble: se enfoca en detalles absolutos (fotos, cachivaches, olores, colores, texturas) y se lía con saberes excesivos, extravagantes. En el espacio imposible y desproporcionado de lo novelesco, se topan así la oruga procesionaria y la “explicación” del grito de Lacoonte, Rimbaud y los mitos de origen de la Melanesia y la Polinesia, la cadaverina y los brebajes macerados de raíces solanáceas, lecanomancia y música clásica, pintura renacentista e historia morisca, artesanía etrusca y ritología dionisíaca, penes descomunales y tortugas enanas, arengas nazis y ácido lisérgico.
La novela prolonga el proyecto estético abierto de Las primas: fábula y ficción se ensamblan en una poética singular que, empecinada en narrar lo infame y lo miserable, en una especie de exhortación alucinada, amenaza con devolver la experiencia literaria a la literatura. Lo que irónicamente, en tiempos resignación apática y etnografías opacas, quizá implique también una suerte de infamia.
* Aparecido bajo el título "Ni negros ni peronistas: los Caserta" en Revista Ñ, n° 398, 14-05-11. p. 42.


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El laberinto del universo. Borges y el pensamiento nominalista.
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Prólogo de Maximiliano Crespi
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ISBN: 978-950-845-250-4
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De Alfonsín al menemato (1983-2001).
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ISBN obra completa: 978-987-9409-60-2 | del vol. 7: 978-987-1598-19-9
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(160 págs. | 10x17cm)
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ISBN: 978-987-22983-2-7

