Posted by : Maximiliano Crespi sábado, julio 02, 2011

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“Lá vem a nossa comida pulando”. La frase, que graba con ironía lo pensado por los antropófagos brasileños al ver llegar a los conquistadores, no deja de hacer historia. Sus ecos van desde la teoría de la criminalidad americana de Zapata Quesada al categórico manifiesto (“Tupy or not tupy”) con que los vanguardistas de San Pablo sintetizan la encrucijada planteada por su proyecto estético, pero también desde el “ecléctico” y “libérrimo” estómago latinoamericano mentado por Oliverio Girondo al principio constructivo-digestivo del tropicalismo de Caetano Veloso. Antropofagia y cultura, los términos que dan título a los ensayos de Alfred Métraux editados por Cuenco de Plata (en la serie “Cuadernos de Plata” dirigida por Daniel Link), precisan una relación sobredeterminada y actual. La antropofagia transfigura una manera de concebir la particularidad cultural latinoamericana; la presunción de tal particularidad sólo es concebible en la trasmigración del rito antropófago al espacio bélico de la cultura (la infinita guerra de los saberes y los lenguajes), donde su efectuación compromete lo simbólico y se concreta en la muda del nombre.
Ligada a una guerra en que no está en juego una posesión territorial sino de un hábitat y una historia, la práctica antropofágica tupinambá funda un rito de restitución de indiscutible actualidad: de lo que se trata es de (re)apropiarse valores culturales (propios o ajenos); lo que se busca es, no sólo redimir a los vivientes de la comunidad, sino también –como quería Benjamin– a sus muertos. El ritual dispone así una mediación de finalidad doble: restaurar el equilibrio mágico-religioso y vengar la memoria ultrajada de los ancestros.
La decisión del joven antropólogo suizo de divulgar en Francia, al mismo tiempo, estos estudios sobre los tupinambá y el manifiesto de Oswald de Andrade refrenda la relación que graba el título del libro. Métraux concibe el ritual antropofágico como un proceso cultural activo, que no puede restringirse sólo a la esfera estética ni acotarse a la experiencia latinoamericana. El mito vive en el corazón de lo moderno. Al enfrentarse a la ajena (en su diferencia radical), el antropólogo estudia su propia cultura. Ve a los otros (los tupinambá) través de la mirada de los suyos (André Thévet, Jean de Léry, Claude d’Abbeville e Yves d’Évreux) y se reconoce viendo, bajo amenaza del etnocentrismo (que pauta la configuración de lo visible). Y es ese rito anacrónico y distante, al que Montaigne se había referido ya en sus ensayos, el que paradójicamente alimenta también su propia actualidad al entrar en relación con temas como el “maná”, el sacrificio y la fiesta, teorizados por Georges Dumézil, Marcel Mauss o Georges Bataille, y de clara afinidad con los tomados por el Colegio de Sociología Sagrada en su estudio de los ritos constitutivos de la comunidad.
La apostilla de Raúl Antelo es casi un libro aparte. Su generosidad sigue la lógica ilógica del don: una erudición minuciosa y una textualidad teórica de riesgo se articulan sobre el deseo de producir sentidos nuevos. Exotérica por naturaleza y acéfala por adopción, la prosa anteliana no reprime el brote novelesco. Sutil, antropófaga ella también, avanza por escenas y produce allí su propia actualización teórica. Piensa, a partir del encuentro, a un muy joven Métraux invitando a Bataille al seminario de Mauss en 1921. Lo imagina vivaz en 1928, creando precursores en su defensa de su tesis en la Sorbona, y luego reflexivo y concentrado en su propia práctica, como ante ese espejo en que “se ve viendo”. Lo descubre ensayando una velada ontología del presente (de una Europa en guerra y una Latinoamérica militarizada y mimética en los 30), o pergeñando una teoría de lo literario como jeroglifo. Finalmente, lo imagina en un bosque, a las afueras de Paris, llevando al acto la trasgresión acefálica por antonomasia: suicidándose, un viernes santo, a los 59 años, después de saber en prensa su último texto: “¿La vida termina a los sesenta años?”. Y por último, last but not least, prueba irrefutable de la impertinencia de toda “última escena”, lo concibe como destinatario imposible (y por eso mismo necesario) de un envío desde el que, en clave anacrónica, su amiga Victoria Ocampo se elige –tal y como Antelo en su apostilla– arrancando su pensamiento a la muerte.

*Aparecido, bajo el título "La redención de los ancestros", en Revista Ñ, Sábado 02/07/11. p. 26.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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