Posted by : Maximiliano Crespi domingo, octubre 09, 2011

Todo subtítulo realiza una modificación sustancial sobre la imagen que proyecta el título. Supone un movimiento de precisión, un desplazamiento, una modalización o una torsión respecto de la primera imagen. Tiene la analítica generosidad de aclararla o la literaria voluntad de ponerla entre sombras. En cualquiera de los casos, altera y condiciona efectivamente el régimen mismo de la ficción.
La primera novela de Andrés Allegroni, Crónica de sombras. Sobre escritos inéditos de Jacobo Fijman, tensa especialmente esas funciones. No sólo porque en ella título y subtítulo se revelan cómplices en una operación literaria impresa en lo paratextual; sino porque las réplicas de esa operación inicial se dejan leer luego al interior de su propio texto. El objetivo es claro: trampear al género, ya que él también, como la lengua, en el revés de sus protocolos y convenciones, arrastra una pulsión fascista (el género también “obliga a decir”). Esta tramoya sutil, en la que los editores de Letranómada tienen la saludable determinación de reincidir, es profundizada por el autor en la trama misma del texto. Allí convergen restos de géneros, voces y registros diversos. El libro enlaza la crónica y el diario, la biografía y el ensayo literario o el relato novelesco. En la precipitación de esa deriva, el jeroglífico literario se enfrenta a su imposible objeto de deseo: la voz del otro (Jacobo Fijman) en la ausencia de la obra (la locura).
Trizados y cosidos por una escritura de riesgo, esos jirones de géneros y esos ecos de voces perdidas componen un texto singular, que se inscribe en un lugar incierto, enrarecido y enajenado en más de un sentido del dispositivo de adiestramiento y selección que se impone como Cultura. Más aún: cuando el texto es “un cuerpo habitado por la palabra ajena”, en el eco en que la voz acoge la voz del Otro, lo literario trama la articulación del resto en la simulación paradójica del “como si” que reduce al absurdo la lógica de atribuciones y el régimen de propiedad textual. Dedicada a la memoria y al fantasma de Fijman, la novela pone en escena la verdad que cifra en el texto: en el espacio literario hay tanto una simulación de la locura como la hay de la cordura. La diferencia es la deriva en que el texto se encuentra con su deseo: mientras la cordura se arrastraría lánguidamente en el decurso de una explicación (siempre insuficiente), la locura abre sombríamente el curso imprevisto de lo novelesco. He ahí el valor específico y la apuesta de este libro extraño que, temerariamente, se quita a las demandas y a los modelos que pautan el deber ser de la literatura actual.
Crónica de sombras rompe la lógica progresiva de la historia y explora los efectos de su suspensión. Es un tejido de relatos cortados que encajan unos en otros y recomienzan una y otra vez sobredeterminando los espacios, los tiempos y las voces. Atado a esa neurosis que es la neurosis propia de la intriga frustrada, el libro agita un prismático “molino de imágenes” que refracta y multiplica “el ruido del ser” en “el teatro del hospicio”, como si aún en ese paisaje de angustia y desolación la literatura fuera aún una posibilidad de vida.
Hay en él el relato de la internación, la denuncia de los experimentos psiquiátricos, las muertes, las desapariciones y los ecos de esa vigilia de espera infernal que es la locura; pero no hay esa suerte de servidumbre voluntaria en que las literaturas etnográficas creen resolver su relación con el lenguaje. Hay los restos de un diario (que es a la vez una memoria rota del poeta psicótico y la bitácora de su reclusión) y hay el relato de una escucha (del narrador sobre el cuerpo textual recibido y del personaje respecto de las voces que lo visitan); pero no hay en modo alguno esa mueca contemporánea que hacen de lo íntimo un fetiche manoseado.
Pero por sobre todo, en este libro de tapas azules que acoge el fantasma de un "cuaderno de tapas azules", hay un llamado loco (“estar loco es estar siempre esperando algo que nunca llega”) y persistente a lo perdido (a lo poético), y una respuesta abierta en el silencio. Hay esa experiencia orillera del lenguaje que trampea a la razón fascista; es decir, esa forma de resistencia, esa especie de desafío que hasta no hace mucho solía llamarse literatura.


*Aparecido, bajo el título de "Algo loco y persistente", en Revista Ñ, sábado 08/10/11. p. 26.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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