Posted by : Maximiliano Crespi martes, abril 10, 2012

En la vida de los pueblos hay temas que, muchas veces durante años, y por diversas razones, son presa de un silencio ominoso. Malvinas fue uno de ellos. En primer lugar, porque comprometía una experiencia colectiva marcada por la frustración, la tragedia y aún la vergüenza de descubrir el modo en que sus propias pasiones habían sido capaces de coincidir con el interés de un Poder ilegítimo, que sólo prodigaba devastación y miseria planificada. En segundo lugar, porque no era fácil para el pueblo admitir hasta qué punto había sido manipulado por un acontecimiento construido mediáticamente y blindado por un terror impuesto a base de represión. Que la guerra de Malvinas y el Mundial ‘78 eran la contracara del genocidio sistemático llevado a cabo por la dictadura no es nada nuevo. Incluso antes de que el texto de León Rozitchner apareciera poniéndolo en términos de guerra “sucia” y guerra “limpia”, había sido enunciado por muchas voces. Basta ir al archivo, 1982: Altamirano en Punto de Vista; Gusmán, Jinkis y Alcalde en Sitio. Había voces; lo que no había eran las condiciones mínimas para una escucha efectiva de esos enunciados.
Pero llega el momento en que el silencio se rompe. No por el lado de las voces, sino por el de la oreja. Es ahí cuando se someten a examen las interpretaciones previas y naturalizadas, sus limitaciones históricas, sus condicionantes, sus complicidades y sus flaquezas en razón de interpretaciones nuevas, a veces incómodas pero sin duda necesarias. Este es uno de esos momentos. Y no llega porque sí. Llega ligado a un proceso lento, a una política de Estado que empieza con la derogación de las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, y que tiene por objeto limpiar heridas que la propia comunidad ha consentido autoinfligirse y que acaso no lleguen nunca a sanar definitivamente. Los responsables directos de esa devastación que significó la desaparición de una generación entera están siendo juzgados. Pero recién ahora la sociedad toma consciencia de que ese juicio resulta incompleto si no compromete también un balance sobre su propia conducta por acción u omisión. Mal que le pese a Borges, Malvinas no “pasó en un tiempo que no podemos entender”: pasó en un tiempo que empezamos a entender. Que necesitamos entender. Sobre todo porque felizmente, como sociedad, ya empezamos a no conformarnos con Teorías de los Dos Demonios y demás generalizaciones vagas. No se trata de Inocentes y Culpables; se trata de comprender, de pensar fuera de ese dilema donde nadie asume su lugar y donde lo que se banaliza es tanto la propia responsabilidad como el derecho a atribuirse el lugar de la víctima.
La historia tiene sentido; cuando se dice que no lo tiene se lo hace ya desde un sentido de la historia: el de la negación. La incorporación de una experiencia retrospectiva genuina de las décadas más oscuras de nuestra historia hace surgir el horizonte posible para un “nosotros”, tan diferente del que la dictadura procuraba producir con triunfalistas semblantes épicos como del que prefiguran la sublimación y el conjuro en el relato borgeano. Alcanzarlo no es simple: la trivialización, la indolencia y el interés asechan siempre la posibilidad de vida de esa comunidad imaginada.

* Publicado en el suplemento Cultura & Espectáculos, Página/12, lunes 9 de abril de 2012. p. 24.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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