Posted by : Maximiliano Crespi martes, septiembre 11, 2012

Simpáticos avatares animados de Ritvo, Monteleone, Giordano, Dalmaroni y Panesi.
Con próvida generosidad pero a la vez con cierta pátina de voluntarismo, el excéntrico Jaime Rest solía dotar a esa entelequia llamada “lector común” de una sensibilidad y una imaginación singulares. Veía en él una potencia que radicaba en el hecho de inscribir su lectura no en un “más allá”, sino en un “más acá” de los guiones de la crítica. Lo que –a su juicio– lo volvía capaz de producir sentidos nuevos, formas de vida aún no presentidas en la tensión del texto.
La idea no era original. Tenía como referencia la del common reader ensayada por Virginia Woolf hacia 1925. Y sus rasgos determinantes remitían a las condiciones de una experiencia activa, que saltaba el cordón policial impuesto por una “aristocracia del espíritu” que condenaba la lectura a ciertos charcos de sentido donde el agua solía quedar estancada.
El lector común nos devuelve al texto en su intensidad más genuina porque hace de la experiencia de lectura ese instante de indecisión en el que el texto toca la vida y la vida activa el texto. Pero al mismo tiempo, ajeno a una determinación única, él mismo se convierte en un umbral, una zona de clivaje que aglomera una multiplicidad indefinida de condiciones de percepción. Lleva a pensar tanto en el “lector del llano” –¿lector en llamas?– imaginado por el crítico rosarino Nicolás Rosa, como en el lector silencioso y obsesivo que prefigura como destino la biblioteca borgeana. Remite, a la vez, al “lector con miedo” que el sociólogo Horacio González suele recuperar –tras la conmoción que “pone a luz ciertos temblores de la subjetividad”– en Ezequiel Martínez Estrada, y al “lector caníbal” que otro crítico argentino, Raúl Antelo, prefigura tras la experiencia del modernismo brasileño. En una palabra, en el “lector común” se reencuentran el que reconoce en la biblioteca la vibración de un espacio sagrado y el que, educado en las nuevas formas de producción de sentido y dotado de una sensibilidad expropiadora, la toma como un espacio liberado al saqueo y a la profanación.
A esa diversificada comunidad de lectores apunta Lectorcomun.com, el sitio que Miguel Dalmaroni, Alberto Giordano y Jorge Monteleone –tres de los más sutiles críticos literarios argentinos– acaban de poner on line. La iniciativa declara su ascendencia barthesiana. Lo que el “sitio de críticos patéticos” busca es reunir lecturas surgidas en “momentos de la obra: momentos fuertes, momentos de verdad o, si no se le teme a la palabra, momentos patéticos”. Autoinscriptos en una “crítica patética” que, en lugar de construirse sobre “unidades lógicas”, se gesta a partir de “elementos afectivos”, los tres críticos buscan reencontrarse en aquel lector común que produce el sentido en la contingencia afectiva de un cuerpo a cuerpo con el texto.
Que esa crítica esté impregnada de un cierto matiz trágico (ha sido imaginada tras la evidencia de una pérdida) y que no pocas veces termine resolviendo literariamente sus conflictos imaginarios, da cuenta de la honestidad que atestigua en su inscripción. En consecuencia, no es extraño notar en este espacio virtual un frágil pero sostenido equilibrio y una oscilación sutil entre ironía y circunspección, entre intimidad y camaradería. Un ejemplo de ello es el hecho de que los simpáticos avatares animados de los tres críticos se linkeen directamente con el currículum de sus intimidantes trayectorias académicas. Otro, que la diversidad genérica (el sitio incluye -bajo etiquetas como “Papeles sueltos”, “Marginalia” y “Revistas”- ensayos, artículos, reseñas, prólogos, presentaciones o entrevistas) y la conjunción de voces y nombres propios no dejen de alentar y alimentar el espacio imaginario de una comunidad gravada por la especificidad: la nomenclatura de los colaboradores permanentes (Jorge Panesi y Juan Bautista Ritvo) u ocasionales (Ana Porrúa, Sandra Contreras, Nora Avaro, Judith Podlubne, Analía Capdevila, Sergio Cueto y Silvio Mattoni) acentúa esta particular condición.
El valor objetivo de los textos reunidos está por completo fuera de discusión y no se reduce en absoluto a lo canónico. En el sitio pueden leerse huellas del Manuel Puig, la conversación infinita, la interpretación del extraordinario arte narrativo puigiano realizada por Giordano, pero también un texto personal donde el crítico reflexiona sobre los libros que marcaron su vida. Es factible hallar reverberaciones de la luminosa lectura de Dalmaroni sobre la obra de Gelman, pero también, junto a ellas, una meditación del autor de La república de las letras sobre los libreros como “especie en peligro de extinción”. Finalmente, es posible reencontrar las lúcidas y precisas intervenciones de Monteleone a propósito de imaginación poética, pero también una nota sobre “crítica y autobiografía” que echa luz sobre la naturaleza y la razón de ser del sitio entero.
No hay otro espacio literario que el que se abre en la experiencia de la lectura (porque lo literario no es una propiedad de los textos sino una disposición de la mirada). El sitio no tiene ambiciones pedagógicas ni didácticas. Lo que se propone no es enseñar a leer, sino enseñar las lecturas. Quiere ser un testimonio –por triplicado– de ese milagro secreto e intransferible que es la lectura, sobre todo cuando se la asume como forma de vida. Y es la prueba inapelable de que lo que allí sigue vivo es el fuego de la especie.

*Aparecido bajo el título "Los lectores salvajes" Revista Ñ, .467, sábado 8 de septiembre de 2012. pág. 15.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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