Texto recobrado*

jueves, septiembre 06, 2012 | |

La conspiración de las formas 
(Buenos Aires, UNIPE, 2011)
Luego de los agradecimientos, y conminado a comparecer un poco sobre este texto, quería hacerles llegar alguna idea sobre el modo en que yo me acercaría a este libro que, indefectiblemente, día tras día iré sintiendo un poco más lejos.
En principio, quería decirles algo bastante obvio: que estas páginas pertenecen al orden de la diletancia. Soy un lector amateur. No sabría cómo empezar a pensar qué cosa sería llegar a ser un lector profesional o cosa parecida. Por ello, quería dejar en claro que, aunque hay pasajes de apariencia teórica y de apariencia crítica, este no es –ni pretende ser– un libro de teoría o de crítica. En el texto mismo se dice, con cierta insistencia, “esto no es un libro, es una serie de apuntes” y “acá no hay una teoría, acá no hay una crítica; acá hay apenas una secuela o, mejor aún, una deriva”. ¿Una secuela de qué? Bueno, confesémoslo sin esperar redención alguna: de una atracción y de una negligencia.
Soy, y creo que siempre he sido, un ser atraído por lo novelesco de la teoría. Me atrae lo fabuloso de la fábula teórica, y la fabulación crítica, diría que casi en la misma medida que me atrae intervenir en el lenguaje con que se teje su ficción. Dentro de esa atracción hay un lugar privilegiado para la fábula oscura: las situaciones infames, las zonas desoladas, los personajes bastardos que dan sentido a lo novelesco de esa novela. Diría, ensayando otra confesión desvergonzada: soy un coleccionista de fracasos teóricos. No porque me guste fracasar, sino porque, habiendo fracasado muchas veces, he terminado por encontrar un valor en el fracaso. Podría resumirlo de este modo: no sé lo que quiero; quiero lo que no sé. Y a lo que no se sabe sólo se llega por el error, por el desliz, por el lapsus y el desacierto.
El personaje abandonado sobre el que trata esta novela que se presenta es el jeroglífico. Como verán uds., él mismo es un un antihéroe muy a pesar suyo, un personaje cómico envuelto en una tragedia: no puede establecer una relación de naturaleza amorosa con ninguna de las zonas de intensidad en que se lo encuentra. Ni Valéry, ni Roussel, ni Foucault, ni el propio Ciocchini lo soportan demasiado. Lo tratan furtiva pero fugazmente, como a un amante casual, y lo abandonan, sin más, a su propia suerte. Este libro cuenta de algún modo también la desilusión amorosa que se da luego de esos encuentros marcados por la pasión y por el fracaso.
No por ello habría que fiarse del relato. Yo sé que uds. saben que una tramoya simpática para neutralizar el carácter arrogante de un discurso es decir lo que voy a decirles ahora. Me aprovecho de esa verdad para confesarles lo inconfesable: yo siempre miento. Mentir es devolver una vez más a su condición de máscara. En este caso quizá sea paradójicamente, decir la verdad: mentir sobre el jeroglífico, sobre la máscara, sobre el doble de lo perdido definitivamente podría figurar casi una doble negación.
Esa negligencia (que sería injusto despegar del deseo de lo desconocido) casi no se disimula en el texto. Más aún: diría más bien que lo que hay es una exploración de la letra que se imprime y sobreimprime en una lógica suspensiva, según una treta literaliana: Intrigar, conspirar / no dar el golpe. Eso deja la escritura (de la lectura) fuera del régimen del policial y la devuelve al siempre riesgoso espacio del gasto improductivo y que es el motor inmóvil de todo culebrón.
En ese espacio hay algo del orden de la propiedad que se resigna; pero, correlativamente, algo que se habilita según otro régimen: el del latrocinio más o menos disimulado tras un procedimiento combinatorio. Se puede robar la fábula, pero –todo tiene su precio– es imposible robar la ficción. El trabajo novelesco del despiste (que, bien o mal, ilumina esta fabulación teórico-crítica) también remite a una consigna literaliana (“Alguien, alguna vez, pensará en Nietzsche pero escribirá Sade”): al tero que cita a [Clément] Rosset habría que ir a buscarle el nido por los pagos de [Roger] Caillois.
Restituir autoridades o propiedades a nivel textual es siempre una tentación. Se ha hecho miles de veces, siempre con los mismos resultados: la fuerza del convocado se impone siempre por encima de la propia convocatoria. En este caso específico, temo incluso que semejante intento debería enfrentarse aún a un componente más aterrador: la posibilidad cierta de descubrir, en el origen de esta ficción teórica, sólo restos de lecturas aberrantes, esquirlas sueltas que, si permitieran pensar en un rostro, posiblemente no sería otro que el de la Medusa tras la violación.
En fin. Imagino que, quien quiera entrar en el pacto de lectura que propone el libro, deberá confiarse, no a mí, sino a la potencia misma de la letra, al azar del encuentro fallido, al saber inestimado de la frase ambigua, al milagro secreto del error productivo. Háganme cargo, si les parece, de todo encuentro con ese paisano sin patria que llamamos sin-sentido. No tengo derecho a pedirles nada; pero nadie me impide hacerles saber, aquí y ahora, que me gustaría que me leyeran como se oye a alguien contar, insensato, con el estómago vacío, un sueño que no se termina de entender.

* Palabras de Maximiliano Crespi en la presentación de La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (UNIPE: editorial universitaria, La Plata, 2011), realizada en la UNSur, Bahía Blanca, el jueves 19 de mayo de 2011. Material recobrado por los amigos de Nexo de Luxe