Posted by : Maximiliano Crespi martes, diciembre 25, 2012

En primer lugar, recomiendo sin duda la que es, a mi juicio, una de las mejores novelas de los últimos años: El amor nos destrozará (Tusquets, 2012). En ella, Diego Erlan describe con belleza y con crueldad las miserias y canalladas de una generación acobardada y arrinconada por fantasmas propios y heredados. Que esa generación sea también mi propia generación, que la trama cruce lateralmente esa simulación de fin de la historia que fue el menemismo, que la trama se desencadene sobre los restos de la memoria de un personaje que rehúye enfrentar el trauma, que ese personaje sea finalmente un centro falso –una progresión y una regresión que no consigue siquiera establecer una relación imaginaria frente a sus propias condiciones de existencia– porque en el centro real de esa escena deliberadamente desfondada es justamente una falta, y que la escritura se traduzca entonces como una gradual descomposición del argumento, como un ruido que borra la escucha cuando borra (enmudece) al propio sujeto de la enunciación, todos esos, podrían constituir los motivos efectivos. Los afectivos se resumen sencillamente a esto: es una alegría enorme recomendar a un amigo el libro de otro amigo en el que uno acaba de descubrir un escritor.

Luis Gusmán
En segundo lugar, recomendaría El peletero (Edhasa, 2012). Sé que no descubro nada al decir que la prosa de Luis Gusmán es de una precisión única, casi aterradora. Pero en esta novela, y de manera muy particular, incluso podría decir que lateralmente, además de esa prosa que libro a libro, progresiva y tácticamente, se va equilibrando en espesura como un buen blended, Gusmán vuelve sobre una zona de la literatura argentina que es especialmente atractiva para mí: el grotesco porteño. Un hombre experimenta la descomposición de un mundo y de un imaginario en la amenaza concreta de sus condiciones materiales de subsistencia. Es el núcleo problemático tratado por Armando Discépolo en Mateo. Pero en Gusmán la resolución de la encrucijada no es lírico-melancólica como en Discépolo. Gusmán no habilita ningún tipo de queja nostálgica. Es, en cambio, delirante y conspirativa; es decir: arltiana. Esa transformación de la trama acontece en la fábula y en la ficción. Como Bouvard y Pécuchet, el peletero y Hueso (piel y hueso) son los dobles bastardos de esa carne viva, esa forma de la verdad que, en la literatura Gusmán, se experimenta singular y sencillamente como escritura.

*Publicado en el Blog de Eterna Cadencia.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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