Posted by : Maximiliano Crespi miércoles, abril 24, 2013

Lucio Victorio Mansilla (1831-1913)
En un ensayo dedicado al del Príncipe Hermann von Pückler-Muskau a Londres, el historiador alemán Rainer Gruenter sostiene que el último estadio de desarrollo cultural del viaje es aquel en que el viajar se instituye como “finalidad en sí”, porque en él el viajero “hace experiencia”. Este viajar sin meta –que para Baudelaire definía al “verdadero viajero”– es el sucesor burgués del paseo aristocrático del caballero y su ejemplo europeo clásico acaso sea el Viaje a Italia de Goethe. Que por estos lares el mote del “gran escritor viajero del siglo XIX” se ligue indefectiblemente al nombre de Lucio V. Mansilla no es raro. Bajo la pluma de este escritor heterodoxo, el viaje se articula sobre una multiplicidad de instancias que comprometen tanto a esa “forma pura” propia de la educación sentimental de la nobleza como al interés político, comercial o recreativo que grava su caricatura en el “viaje burgués”. Pero, a diferencia de otros viajeros patricios como Wilde, Cané, Lucio V. López o su hermana Eduarda, este “proustiano inaugural” hizo además del viaje una experiencia única, al punto de convertirlo en su pulsión de escritura.
Luis Gusmán ha descrito con lucidez los modos en que la escritura del dandy perfila sus excursiones en el tiempo de la memoria y tanto David Viñas como Noé Jitrik han ahondado en la significación política y social del viaje para la generación del ’80, de la cual el sobrino díscolo de Rosas es uno de los más conspicuos representantes. Pero aún está por escribirse ese viaje por el viaje que, multiplicado en escenas recurrentes (“anécdotas”, “impresiones”, “recuerdos” e incluso “crónicas”), casi encuentra su ubicuidad en la dispersa producción escrita de Mansilla, donde confluyen la sutil ironía del causeur, la severidad del cronista militar, la agudeza del antropólogo amateur y las miradas del empresario, el explorador y el corresponsal periodístico.
Dos libros recientes coinciden en recobrar esta veta crucial de la producción literaria de Mansilla. Diario del viaje a Oriente (1850-1851) y otras crónicas del viaje oriental, editado por María Rosa Lojo, transcribe dos manuscritos ológrafos de un diario hasta ahora inédito que da cuenta de la atenta mirada de Mansilla respecto de esa forma cultural de la alteridad absoluta que es Oriente. La bitácora corresponde al primer viaje de Mansilla a la India, Egipto y un puñado de países europeos. Es un viaje iniciático. El joven Lucio cuenta con sólo 18 años y describe –tímidamente– la experiencia de una travesía intensa que se extiende por casi un año y medio. Da cuenta de su embarco en Buenos Aires, del cruce del Atlántico a bordo del Huma, de su desembarco y su vida social en Calcuta, y narra –con ciertos tintes irónicos– una serie de aventuras ocurridas en el difuso interior de la India: su paso por Chandernagor y Madrás, su travesía de Adén a Suez a través del Mar Rojo, su lenta caravana hasta El Cairo, su encuentro con las colosales pirámides y su estadía en Italia. El diario se detiene abruptamente en su paso por Florencia y no registra el resto del periplo europeo que retrospectivamente referirán otros textos del autor. En el volumen en cuestión el diario es completado con otras crónicas del viaje oriental aparecidas en El Plata Científico y Literario y La Revista de Buenos Aires.
Los escritos de viaje reunidos en El excursionista del planeta corroboran lo que en aquel diario es una latencia: en Mansilla la experiencia del viaje y la del estilo están prácticamente sobredeterminadas. El generoso volumen seleccionado y prologado por Sandra Contreras incluye textos del viaje a Oriente y Europa (1850-1851), pero también del viaje comercial al Paraguay (1977-1879), su comisión militar en Europa (1881-1883), la misión de estudio sobre la organización militar en Grecia (1897), la estadía como Ministro plenipotenciario en Berlín, Viena y San Petersburgo (1899-1901), y de su estadía en Paris, donde residió desde 1902 hasta su muerte en 1913, y donde ejerció labores de corresponsal para varios diarios. Pero incluye además causeries en que se oyen los ecos de ese “deliberado viaje a la barbarie” que supone Una excursión a los indios ranqueles.
Desde una prosa elegante –que, al decir de Borges, aspira al pequeño milagro de la página perfecta– y un ingenioso y sutil anecdotario, el viaje de Mansilla se resuelve siempre como un viaje desde y hacia el estilo. La razón es doble: el estilo es el hombre al que uno se dirige, pero también es la forma en que los otros dicen lo que son. El viajero lo intuye: el espectáculo imprevisto de otro semblante se ofrece a él bajo diversos rostros. El viaje se efectúa como experiencia de una alteridad que no necesita ser risueña ni envidiable y que aun a veces talla en la medida de lo monstruoso. La intuición se vuelve certeza: viajar es descubrir en uno mismo esa extrañeza reconocible, esa destello vital, enteramente opuesto y perfectamente igual al que se lee en las páginas de un libro (“viajando sucede lo mismo que leyendo”, dirá en su obra magna). El viaje es a la vez una experiencia política y vital que realiza una distancia.
Los signos de la distancia se presentan a los ojos del extranjero encarnados en un paisaje o en una escena viviente. Él lee esas formas de vida sin olvidar que escribir es a la vez “un arte y un juego”. Toma del juego el acento displicente de lo conversacional y del arte la pretenciosa soberbia de lo único. La singularidad del estilo aflora en el modo de dibujar el paisaje, armonizar sus líneas y sus sombras, desplazar o perder la perspectiva en función de digresiones. Lo que testimonia la experiencia son los momentos en que el relato se sustrae a la consistencia de la propia clase y la propia cultura. Es ahí donde se produce el saber del viaje, el que pone al viajero en una perpetua situación de extranjería, obligándolo a experimentar –aun en lo más íntimo– la impermeable resistencia de lo real.

*Aparecido en Revista Ñ, sábado 4 de abril de 2013.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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