Posted by : Maximiliano Crespi lunes, noviembre 25, 2013

Maximiliano Crespi terminó su doctorado en Letras en la Universidad de la Plata con una tesis sobre el crítico Jaime Rest. Años antes había culminado su licenciatura en Bahía Blanca con un trabajo sobre David Viñas, que tiempo después lo publicó como libro bajo el título El revés y la trama. Además, es autor de La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario y participó en El efecto Libertella, volumen compilado por Marcelo Damiani. Actualmente es editor del proyecto cultural y editorial 17 grises y está realizando, para la revista de cultura Ñ, una serie de reseñas sobre textos de la llamada nueva narrativa argentina. Tal vez esa fue una de las razones por la que lo invitaron a la Feria del libro que se hizo en Santiago del Estero para participar de la mesa “Nueva literatura argentina”.
En esta extensa entrevista (realizada por Esteban Brizuela para CABEZA) durante su paso por Santiago, Crespi se explaya sobre el estado actual de la crítica en relación con los narradores jóvenes, cuenta quiénes fueron aquellos que lo marcaron en su formación, explica -según su punto de vista- qué es hoy una literatura de derecha o de izquierda y opina acerca de los modos en que se vincula lo político con la literatura. Hacia el final, se anima incluso a hacer una lista de autores y obras clave de lo que se viene produciendo en la última década.

Revista Cabeza: ¿Quién es David Viñas para vos? Porque cuando uno habla de la crítica en Argentina, la figura de Viñas aparece como imponente 
Maxi Crespi: Más que como crítico me impacta como intelectual. Como crítico, en la disciplina específica, hay muchos que podrían estar a la altura de lo que hizo él e incluso más (Masotta, por ejemplo). Lo fundamental es que pasa que él logró integrar ese trabajo con una pulsión intelectual, con una persistencia ideológica inclaudicable durante toda su vida. Puso la voz del crítico en otro espacio social. Yo empecé a trabajar en esa tesina cerca de 2001. Había hecho la carrera en la última etapa del menemato, imaginate. De Viñas no se hablaba en ningún lugar, en la universidad solamente se hablaba estudios culturales norteamericanos. Sarlo estaba en EEUU (Berman, Schorske, etc); Ludmer y Piglia también, gente de izquierda pero cooptada. Me impactaron entonces el comienzo de De Sarmiento a Dios. Sus primeras páginas son muy fuertes, desoladoras. Es la decepción de Viñas respecto de sus propios compañeros, en quienes percibe una suerte de acomodo a ese marco de domesticación del saber crítico. Por el diagnóstico de ese prologo empecé a investigar y vi que no había ningún estudio de fondo sobre la obra crítica de Viñas, siendo que fue sin dudas el crítico argentino más importante del siglo XX.

Era un gran lector obsesivo de los diarios…
Sí, lo era. Ahí se lucía su mirada diagonal, sociológica. Y el contrapunto histórico. Sus objetos pueden ser desde los documentos del ejército de Roca o la narrativa de Cortázar. Eso es impresionante. Además, la coherencia: desde Contorno hasta sus contratapas en Página/12 hay 50 años y el discurso crítico no afloja nunca su tenacidad.

¿Consideras que Literatura argentina y realidad política es el gran libro de crítica de la segunda mitad del siglo XX? 
Sí, seguramente. Estoy de acuerdo con Sarlo en eso. Literatura argentina y realidad política e Indios, ejército y frontera. Y sería injusto no incluir ahí también Ensayos argentinos de Sarlo y Altamirano. Y aun Una modernidad periférica. Son libros que polemizan lúcidamente con el trabajo de Viñas.

¿Quiénes son tus referentes de la crítica literaria a nivel internacional? 
Mi formación inicial –es decir: el background del primer trabajo sobre Viñas– es de tradición marxista. Durante la carrera de Letras estudié el formalismo ruso al estructuralismo y el pos- en todas sus variantes. Pero fuera de la universidad, tuve el privilegio de estudiar el Capital, Gramsci y Lukács con Guillermo David. David es un intelectual riguroso y exigente, pero también un escritor notable. Su monumental Carlos Astrada es lo más conocido, pero su Witoldo es realmente un libro entrañable. Luego fui incorporando otras cosas. Al trabajar con Viñas ya trabajaba haciendo crítica de la crítica. El rulo de los metalenguajes. Me ponía en una instancia anterior a la crítica. Eso me llevó a leer los textos más importantes del psicoanálisis freudiano y luego lacaniano. Pero si vos me preguntás por referentes, no puedo negar la influencia del marxismo inglés: Williams, Eagleton, Said, Jameson, Anderson. Por supuesto, también está la gran escuela de la crítica francesa, Barthes y Genette. Y los tematistas: Starobinsky, Richard, Poulet, Sartre.

En cuanto al tema de la llamada “nueva literatura argentina”, esa denominación que pone incómodo a todos. Cuando estudias el campo literario en décadas pasadas, ¿siempre apareció esa idea de una “nueva literatura” que irrumpe? 
Yo leo ese sintagma casi como el del “boom latinoamericano”, como una construcción del mercado cultural y editorial. No me olvido que la categoría “nueva narrativa” o “nueva literatura argentina” se forma a partir de dos o tres antologías que salieron en 2003-2004, libros que –dicho sea de paso– fueron hechos a pedido, por grupos editoriales grandes. Me interesa de la nueva narrativa su manera de negativizar el presente naturalizado. No la franja etárea de los autores o la oportunidad de la edición del libro. Lo nuevo es lo que nos hace ver de nuevo lo que vemos todos los días.

En "Post-utopías", tu conferencia en la Feria del Libro, hiciste referencia a una “literatura de derecha”. Estamos a casi 10 años de la publicación de “Literatura de izquierda” de Damián Tabarovsky, ¿te parece que sigue funcionando la conceptualización que hace él para delimitar lo que es una literatura de izquierda y de derecha? 
El libro de Tabarovsky tiene una descripción muy precisa. Es el libro que sostiene a una generación que sacó provecho de la ambigüedad política. Ahí se podrían dar varios nombres pero basta con el de Cesar Aira. Son figuras flotantes e inflables, que sacan rédito de la flotación y de la inflación. La bicicleta literaria. El libro de Tabarovsky los colocó en un lugar de izquierda que ni siquiera a ellos se les cruzaba por la cabeza reclamar. Pero si uno dice “Aira era un escritor de izquierda”, ¿qué queda para escritores como Luis Gusmán? Es complejo hablar rápidamente de un libro cuya argumentación está muy cuidada. Pero tengo la sensación de que no sería muy difícil argumentar hoy hasta qué punto ese libro sigue representando a la literatura de la derecha de la que nos empachó el menemato. La nueva literatura de derecha no es heredera de esos parámetros. Es el parásito del sentido común.

¿Por qué? 
Es claro que hoy no hay –porque sería muy difícil de sostener– una literatura de derecha radical, abiertamente reaccionaria. Cuando hablamos de derecha hablamos de los fines, de las pocas ambiciones, y del conformismo en que se apoyan modulaciones estéticas conservadoras. No hay escritores de derecha a lo Hugo Wast. Cuando uno mira el campo cultural, tiene un semblante progresista, una máscara progresista, y dentro de ese marco progresista se puede ser complaciente o se puede ser crítico, ahí podríamos ver esa diferencia entre derecha e izquierda: por su complacencia y por su acatamiento oportunista a esa demanda ideológica. Así como no es lo mismo hoy una novela como Entre hombres, de Germán Maggiori, tampoco lo es escribir hoy una novela como La villa que escribirla cuando lo hizo Cesar Aira. Texto y contexto, te diría Viñas. No ves como un gesto de izquierda haber publicado ese libro… Cuando el sistema cultural es “progre”, escribirlo podría ser un gesto de izquierda: la desautomatización del costumbrismo de la justicia social. Pero cuando el contexto cultural es el imaginario neoliberal menemista, eso es complicidad, frivolización, canallada.

¿Estás de acuerdo con esa imagen estereotipada de la existencia de un canon literario impuesto por la academia y formado por Piglia-Saer-Aira, frente a una especie de contra-canon en donde aparecen Héctor Libertella, Osvaldo Lamborghini y otros? 
Mal que nos pese, Lamborghini y Libertella paulatinamente han sido también incorporados. Creo que ese canon es reproducido de manera sistemática y deliberada. Vos me tiras esos tres autores: Saer, Piglia y Aira. Si soy mal pensado –y convengamos que lo soy– creo que no es casual que en las cátedras universitarias lean a Saer, y que se “renueve” el corpus con novelas de Ronsino; tampoco que se den los textos de Piglia acompañados de relatos de Herrera o de Maggiori; y mucho menos que se sigan dando novelitas de Aira seguidos de textos de Ariel Idez o Pablo Katchadjan. A cada Papa su monaguillo. Claramente hay una progresión del mismo canon que certifica a la misma gente o al mismo modelo, que es el modelo modernista que defiende Sarlo en sus intervenciones sobre literatura contemporánea.

Con respecto a la relación entre la crítica y la nueva narrativa, ¿qué te parecen las intervenciones de Elsa Drucaroff, Beatriz Sarlo y Juan Terranova, quienes hicieron ejercicios de lectura tomando como objeto de estudio a narradores jóvenes? 
Son primeras intervenciones. La de Sarlo es una intervención colocada teóricamente, con una serie de preconceptos que a mí me parecen insuficientes para comprender no la literatura sino la imaginación literaria actual. Lo de Drucaroff –lo he dicho– es además ideológicamente discutible, no sólo por el lugar patético desde el que se produce la enunciación crítica, sino fundamentalmente por su sumisión a los prejuicios progresistas del presente. Son posiciones de cesación del pensamiento, a favor de una militancia teórica en el primer caso, a favor de la sensiblería y el sentido común en el segundo.
Terranova es un rufián melancólico. Hice mi lectura de su libro y se publicó por ahí. Decía que, más que un libro de crítica, es un gesto un poco desesperado y oblicuo por subir al carro de una generación en ciernes. Es una operación inteligente pero desesperada. Creo que es el único que sabe que se trata de una literatura que todavía está abriéndose camino. Que busca su manera de decir el mundo pero todavía a tientas. No sabemos qué será de esa literatura pero sabemos qué no va a ser. Cuando la crítica se compone como una ontología del presente es siempre muy inestable, como decía Foucault. Es lo más difícil pero también lo más urgente y lo más frágil.

¿Estás trabajando como crítico en algún ejercicio crítico de la literatura contemporánea? 
Por insistencia de Diego Erlan, coordinador de la sección libros de Ñ, fui leyendo y reseñando narradores jóvenes. Eso me transformó para bien, porque de alguna manera me actualizó. Pero a la vez me alejó un poco de algunos viejos proyectos: uno de ellos, escribir algo de largo aliento sobre la producción literaria de Luis Gusmán.

De la generación de la revista Literal en los 70… 
Sí, claro. Pero que excede largamente al proyecto Literal. Gusmán tiene una capacidad única para apropiarse de las poéticas y de ponerlas en tensión con los imaginarios políticos de la época. Es algo que no se encuentra en otros. Es un autor que pudo sostenerse transformándose: basta leer De dobles y bastardos, sus relatos reunidos, para percibir la persistencia en la transformación.

Volvamos a tu aproximación a la nueva literatura 
Volvamos. Leer los libros de los jóvenes autores contemporáneos me obligó a enfrentarme a la única certeza de la crítica: la incertidumbre. Para evitarla me dispuse a leer no primeras novelas, sino autores que ya publican su segundo o tercer libro. La idea era desentrañar una poética y sostener algún enunciado crítico al respecto. Me parecía que así la lectura era menos volátil. Es un prejuicio –porque por ahí en la cuarta novela hay un viraje definitivo– pero al menos apaciguaba un poco mi paranoia. Creo que ha funcionado, uno lee las novelas de Selva Almada, María Pía López o Hernán Ronsino y uno entiende que hay un encadenamiento y una opción estética que ya se puede ver en progresión.

Una de las cosas que me llamó la atención el año pasado fue el consenso que hubo en señalar El viento que arrasa de Selva Almada como el mejor libro de 2012. Fue tanto el acuerdo que me dieron ganas de comprar el libro y leerlo. ¿Qué te pareció esa especie de unanimidad en la crítica? 
Es difícil hablar de las formaciones culturales en las que uno participa. Hay que entender que es un campo de fuerzas. Quiero decir, cuando un crítico de la talla de Beatriz Sarlo canoniza algo, es muy difícil no elegir, ante la duda, siguiendo esa dirección. Lo que te muestra fuerza de imposición que tienen esas voces es ver, por ejemplo, que el año anterior, cuando todavía las críticas de Sarlo en Perfil no se habían impuesto como guía de lectura, el libro del año había sido A la santidad del jugador de juegos de azar de Héctor Libertella, un libro en consonancia con La soledad del lector, el libro de Markson que publicó La Bestia Equilátera. Nada que ver con el realismo provinciano y austero de Almada. Siempre hay que interrogar las fuerzas e intereses sobre los que se organiza el consenso.

Has venido a dar una conferencia sobre nueva narrativa, ¿qué recomendarías a alguien que todavía no leyó a autores jóvenes? ¿Te animarías a hacer una lista aún de autores que no te gusten pero creas que es necesario leerlos? 
Sí, se puede. Pero dejemos en claro que no se organiza por valoraciones estrictamente literarias. Lo que es necesario leer y confrontar. A partir de ahí uno decide y empieza a pensar las relaciones entre las opciones estéticas y las opciones políticas. Necesariamente cada editorial tiene dos o tres autores que “hay que leer”, incluso para pelearse con ellos. Eterna Cadencia tiene una autora brillante que se llama Gabriela Cabezón Cámara, y tiene a Hernán Ronsino, con quien estoy en una suerte de encrucijada crítica: soy amigo de Hernán –o lo era hasta que salió mi reseña de Lumbre, su última novela– y me parece un escritor con un potencial enorme, es un virtuoso de la escritura que además sabe estructurar sus relatos con precisión de relojero, pero creo que paulatinamente se ha ido conformando con un universo ideológico y estético que lo deja tranquilo, que sabe que puede manejar casi sin margen de riesgo. Cuando piensa en la palabra del público, se termina el escritor; cuando la demanda se impone sobre el deseo, ahí pasa algo que empieza a echarse a perder. Eso para el escritor –porque para el editor el negocio es otro: cuanto más se piense en el público, menos riesgo y más ganancia. No sé si eso pasa exactamente con la novela de Hernán, pero es algo que se avizora. Por otro lado, cuando reseñé su novela en Ñ, no pude evitar notar que trabajaba acríticamente un tópico político determinante para nuestra generación: el 20 de diciembre 2001. Lumbre es una novela sobre la memoria, y el relato sobre el 2001 está edulcorado, bajo la mirada de un personaje idílizado que un poco lo presenta como una lucha entre el bien y el mal. Hice pues la respectiva crítica ideológica. Y la volvería a hacer. En cambio, no gastaría un segundo de tiempo para explicar el oportunismo miserable de alguien como Leopoldo Brizuela, por ejemplo.

¿Qué otros autores mencionarías? De Tamarisco tenés ya perfiladas las propuestas de Vanoli, Bruzzone, Urman y Lamberti. Hablabas en la Feria de un proyecto narrativo definido en la obra de Lamberti 
Si, el proyecto narrativo de Luciano (Lamberti) es muy interesante. Estoy esperando una novela más larga, pero me parece que ya como cuentista es de lo mejor que hay en Argentina. Después, Mansalva tiene a Diego Meret y a Mauro Libertella. El joven Libertella es todavía un enigma. Su primera novela es un lúcido ajuste de cuentas con la figura del padre, una larga carta al padre y una suerte de entierro. Pero es muy difícil presagiar con qué puede salir en el futuro. Entropía tiene a la exitosa Pola Olaixarac, a Hernán Arias y a Carlos Ríos. Mardulce tiene a Almada y a Sabbatella. Letranómada tiene un autor exquisito, Andrés Allegroni que escribió dos libros impecables: Crónicas de sombras y Hospitales. Paradiso la tiene a María Pía y a Lucía Mazzinghi, autora de Gira la noche, un libro que estoy leyendo tarde. E incluso una editorial grande como Tusquets se da el lujo de tener en el catálogo novelas intensas como las de Erlan y Betina González, una autora que con su última novela ridiculizó un poco los prejuicios con los que juzgaba a una “ganadora de Premio”.

Y sobre tu labor como editor ¿qué autores rescatarías? 
Bueno, es un poco incómodo pero yo recomiendo leer a Fernando Krapp y a Carlos Godoy. El primero es un autor fuera de lo común, muy difícil de reducir a un par de adjetivos. El segundo, lo he dicho, es el escritor más importante de nuestra generación. La Escolástica peronista ilustrada para mí va a ser una bisagra en la poesía argentina. Es sintomático de su trascendencia el hecho de que, pese a haber sido leído –con interés apropiatorio, como en el caso de Horacio González– desde diversos lugares, es un libro que resiste porque ilumina zonas de la imaginación política por venir. No está de más decir que la poética de Godoy le debe mucho a la de Martín Rodríguez, con la cual está en permanente diálogo.

Leí una declaración del escritor Hernán Vanoli sobre la ausencia de la política en la nueva literatura argentina, como que esta politización de la última década no estaría reflejada en la literatura 

Depende de la mitad del vaso que mires. Y de dónde sitúes lo político. Entiendo que él produce una literatura que se aboca a esa reflexión. Pero creo que él admitiría conmigo una cantidad enorme de escritores contemporáneos que se miran el ombligo y coquetean con la idea de que todo es político, de que lo íntimo es político y que la subjetividad en vez de una formalización social rigurosa es un espacio de expresión de sus deseos y libertades. Tampoco, por supuesto, se puede decir que lo político sea una cuestión de tema literario. Para dar un ejemplo cruel, podría decir que Las mellizas del bardo del mismo Vanoli es más interesante y sugestivo políticamente que Pinamar. Pero que cualquiera de las dos es preferible a las figuraciones patéticas y las novelas de Martín Kohan o Guillermo Saccomano, donde lo político es una mistificación.
El espacio crítico está, como dije antes, coagulado por repetidoras de Sarlo y de Drucaroff. Pero creo que hay ya voces emergentes que Vanoli no se atrevería a declarar inexistentes: Sebastian Hernaiz, por ejemplo, hace un revisionismo minimalista y a contrapelo de la canonización oficial que hay que reconocer para no caer en la canallada.

Quizás cuando decimos que no hay una literatura que refleje políticamente esta última década, estamos diciendo que no hay una novela como “La experiencia sensible” de Rodolfo Fogwill que fue representativa de los 90… 
No sabemos si la Escolástica peronista ilustrada no acabará por ser nuestra experiencia sensible. Es decir: La experiencia sensible de un tiempo de ironía corrosiva y violento desencanto intelectual.
Revista Cabeza, 18/11/2013.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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