Posted by : Maximiliano Crespi miércoles, enero 01, 2014

Hasta que pase un huracán de Margarita García Robayo (Editorial Tamarisco, 2012) es uno de esos libros pálidos –ni melancólicos ni tristes, ni sarcásticos ni crueles– construidos sobre la trajinada modorra existencial de eso que –por pereza o por cansancio– convenimos en llamar “la clase media”. Narra los frustrados intentos de un personaje (leve hasta la inconsistencia) por abandonar el destino de una vida miserable en su ciudad natal. La ciudad no aparece nombrada y, pese a que en apariencia parece tratarse de Cartagena de Indias, podría pensarse que la indefinición apunta implícitamente a una tipificación de la contingencia latinoamericana. Que la condición de la modernidad latinoamericana aparezca redundantemente periférica bajo la empinada afectación de un precoz imaginario neoliberal, no es –de por sí– un agravante. Más aún: en manos de algunos de los ironistas mordaces de la nueva narrativa argentina –como Carlos Godoy o Hernán Vanoli– esa perspectiva cristalizada bien podría ser el convite tentador, el punto de partida de una ficción picaresca, delirante y corrosiva sobre los anatemas sociológicos del progresismo más trillado. No es el caso de la joven escritora colombiana Margarita García Robayo, autora además de los libros de relatos Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (2009) y Las personas normales son muy raras (2011).
Su libro exhibe una discreción temerosa, que ni siquiera se define entre la timidez y la vergüenza –algo inaudito para un catálogo como el de Tamarisco, que ha editado libros polémicos y sumamente arriesgados como Ravonne de Julián Urman, 76 de Félix Bruzzone, Varadero y Habana maravillosa de Hernán Vanoli y No alimenten al troll de Nicolás Mavrakis. En términos de ficción, el texto de Robayo se presenta en una prosa monocorde y casi sin pretensiones, amparada en una extenuada primera persona que parece ser la caución última y estratégica del costumbrismo etnográfico actual. La trama del relato es predecible y chata, aunque –cabe reconocer– no por ello es necesariamente tortuosa: se deja llevar en virtud de una capitulación breve aunque estructural y narrativamente anodina.
Con un léxico comedido y una sintaxis frugal, que cumula lugares comunes y eufemismos modosos, la historia pasa sin pena ni gloria. Sin rebelión, sin resistencia, sin deseo. Como si la novela viniera a testimoniar la retirada misma de todo vestigio de imaginación literaria. La fábula misma se diluye casi tan lánguidamente como la vida de sus propios personajes, a medio armar y mal cocidos sobre escenas clichés que no los dejan cuajar ni en la perversión del monstruo ni en la monstruosidad del lugar común. No hay tampoco –como en la larga tradición de la novela burguesa– una desintegración gradual y decadente, sino un estancamiento y una pasividad exasperada. La degradación no es progresiva, ni crítica. Es irreversible y patética. Lo que revela un relato que no va ni hacia la condición trágica ni hacia la ilusión cómica sino, más bien, hacia el coágulo mismo de un maquillado “fin de la historia”.
El huracán no pasa. Lo que arrasa corrosivamente los proyectos y las vidas es la cotidianidad, la contingencia, la necesidad. En ese curso sin curso, los personajes cogen, fuman, engordan, envejecen aferrándose a miedos y convenciones sociales, en el revés de trama de una historia entendida como fatalidad o destino. Cuando la literatura no es una incrustación virulenta, cuando no aborda esas zonas transidas con el deseo de minar sus cristalizaciones (sino con la intensión sumisa de representarlas), se vuelve miserable y canalla como la “realidad” misma. O, para decirlo con un rodeo macedoniano, se empacha de hambre, de sentido común y de mediocridad.


*Aparecido en Revista Murmullos, Universidad Nacional de México, mayo de 2013. pp. 117-118.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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