Posted by : Maximiliano Crespi sábado, abril 26, 2014

La idea de “libertad total” es un fiasco teórico, una construcción grotesca y falaz. El libro de Katchadjian coincide rigurosa y desgraciadamente con esa imagen. No porque su tema evoque al de la ideología humanista que solía confundir voluntarismo con solidaridad, sino porque su cáscara de ironía reproduce la superstición canalla que deroga los efectos políticos de la literatura en favor de un conformismo sumiso que licúa su potencia afirmativa.
La estructura y los elementos de la ficción operan en ese sentido: componen una trama morosa, absurda y ajena a toda gestión de verosímil. El género y su ejercitación neurótica pautan las reglas de un juego aséptico y célibe: un diálogo tibio que parodia, en la tontería del cambio de tema, las formas retóricas de la tradición sofística. Lo relatado y el régimen del relato se ciñen a la estructura del chiste o la burla cínica. Que el discurso directo libre al lector del relato sobrador que caracteriza las intervenciones del comediante es un atenuante parvo. El chiste promete un fondo de verdad que hace eco en un círculo cerrado; pero aun el insistente guiño “intelectual” se pierde al no conseguir exorcizar el tedio de su extensión y su ilación caprichosa. La ficción se manca y el texto ni siquiera se digna a confesar su determinación excluyente: su apego a la complicidad de una escucha de “competencia académica”.
Como en la vulgata de la teoría saussureana, en el círculo de baba del relato el valor de los elementos aflora de la economía abstracta del sistema. Cada personaje es una función contrastada en la secuencia: si en la batalla dialéctica pueden esgrimir los mismos argumentos unos contra otros en distintas escenas es porque se definen por su diferencia sincrónica, no por su perfil diacrónico. Aparecen como signos en mutación, sujetos a una reversibilidad incesante. Las voces que imprimen sus presencias son simples, chatas e indiferenciables más que por su colocación en el plano, es decir, en el no lugar de la ficción. Son tiras de lenguaje sin relieve, asidas al elemento mínimo de la letra (A, B, C, D, E, F, G, H, I y J). Ignorando donde están, aceptan la inmaterialidad de ese mundo y la tontería de la trama como una necesidad. El contexto es indiferente. La escena acontece cualquier punto del tiempo y el espacio. Los personajes son formas indistintas que deambulan en un mundo con leyes propias, en un espacio grillado por la retórica que acaba por convertirse en un semblante de libertad. Intercambian roles en un espacio de abstracción consciente, ajenos a todo deseo y a toda necesidad. Sin la determinación material del cuerpo, flotan desligadas de las vicisitudes de lo social y lo comunitario. Sus relaciones son tácticas: se dan en el espacio de un lenguaje frígido y descontextualizado, en un plano de consistencia donde la alteridad queda neutralizada. Sus colocaciones redundan por ello, previsiblemente, en la afectación y el simulacro.
La libertad total coagula así en una sintomática declaración de esterilidad. Cae en el penoso cliché vanguardista que se grava en una idea de literatura entendida como un orden de pura e impoluta inmanencia. La lengua es, en efecto, un sistema de coacción (que obliga a decir); pero literatura de vanguardia no es la que se consuela con sueño de “libertad total” sino la que opta por trampearla atendiendo a la pesadilla de ese resto formal no asimilable donde confluyen la paradoja del “miento” y el oxímoron de la “libertad total”. La razón es simple: su potencia política consiste en abrir pliegues y ensayar transgresiones a través de efectos de verdad; no en hacer de su propia libertad el rosario cínico de una confesión de impotencia.

* Aparecido bajo el título "La dialéctica inútil" en Revista Ñ, Sábado, 26/04/2014.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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