Posted by : Maximiliano Crespi sábado, abril 12, 2014

En las primeras páginas de Cuestión de énfasis, la inolvidable Susan Sontag describe –con lucidez melancólica– la singularidad específica de la “prosa de poeta” como aquella que hace confluir la imaginación poética y la imaginación crítica. Esta prosa –dice– es excepcional no sólo en virtud a su densidad, velocidad y carácter, sino también –y especialmente– merced su potencia para plantarse ante las zonas ciegas del texto, donde una forma y una materia, una literatura y una vida se articulan como vocación. Literatura rusa es un testimonio lúcido de esa suerte de llamado que se traduce en experiencia radical del pensamiento en el lenguaje.
En el término vocación laten los tres sentidos fundamentales que la prosa de Laura Estrin despierta hábilmente para sus lectores.
En primer lugar, el de la citación que aparece aquí, no en su vertiente judicial (el texto literario está siempre un paso más acá de la culpa y de la inocencia), sino en su condición de testimonio en desvío. La literatura rusa es pues un espacio de inscripción complejo y singular que, para la autora de Parque Chacabuco, exige una “comprensión múltiple: histórica y literaria”. Es un juego de matrioskas y llamados implícitos: Rusia es “un tema, una geografía, una zona” que a su vez acoge otros espacios físicos y políticos; es “una madrecita bestial” y un “triste pantano”, pero es también una sintaxis y una música que traduce una serie de experiencias de vida en el lenguaje.
En segundo lugar, es una exhortación y una invitación. El libro de Estrin confirma, con gentiles pasajes de cita, retrato y contextualización, su determinación crítica de establecerse como una genealogía en tensión que atenta lúcida y explícitamente contra el singular propuesto en el propio título del libro. Los dos vocablos se llaman al evocar un origen. La elasticidad de la lectura oscila de acuerdo a la resistencia que presentan las relaciones entre la alta tradición (Pushkin, Gogol, Dostoievski, Tolstói, Turguenev y Chejov) y la modernización (Biéli, Blok, Gorki, Bábel, Shklovski, Tsvietáieva, Jlébnikov, Platónov, Dovlátov, Brodsky y Tarkovski) en el desarrollo de la literatura rusa. E impregna aun la propia sintaxis del relato crítico, que trabaja con “historias de vida que fueron arte porque la forma se trajo de la vida” y que se compromete activamente en sus amores y en sus desprecios, pero también en su discontinuidad, su impaciencia y sus arbitrarias elipsis.
En este último punto anuda la tercera ascendencia de la palabra vocación. La prosa de la poeta es profundamente autobiográfica. No porque hable de su vida; más bien porque habla de su obsesión a la vez que la realiza como ceremonia vital. Cuando trabaja encabalgada en su deseo inconfesable, la crítica vuelve sobre su propia condición poética y lleva su lenguaje a esa zona de interferencia y experimentación con la escucha –de otros textos, de otras voces– de la que vuelve siempre sensiblemente transformada.
Se lee lo que se lee pero también lo que ha sido leído bajo un régimen de deseos diversos. Esa es la zona crítica de la crítica: la zona de la que no se regresa igual, o de la que a veces sencillamente no se regresa. “Avanzar da miedo, regresar da vergüenza”, dice Estrin. La amenaza es siempre la canallada. De ahí que Literatura rusa presente su ficción crítica a la manera de un viaje o una educación sentimental hacia “una zona sin límites claros”, a la que no se llega más que por “un camino neblinoso”, o por un sendero escarpado, dilatado o interrumpido incansablemente por desvíos y rodeos. Es la jactancia y la generosidad del ensayo: es decir, de esa prosa temeraria que, siguiendo su propio deseo, se ocupa también de aquello que hay de ciego en sus objetos.

* Aparecido en Revista Ñ, Sábado, 12/04/2014.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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