Posted by : Maximiliano Crespi jueves, julio 24, 2014

La imaginación poshistórica
Límites y umbrales en la narrativa argentina del siglo XXI
SEMINARIO DE POSGRADO
Docente: Dr. Maximiliano Crespi 
Segundo cuatrimestre de 2014 
Departamento de Humanidades de la UNSur

Fundamentos, objetivos y perspectiva

El siglo XXI es el siglo del día después de mañana. Es el siglo que sucede a la edad de los relatos de utopía y las catástrofes. Pero pese a que unos y otras continúan ejerciendo sobre él una influencia casi extorsiva, una serie de síntomas permite entrever un cambio sustancial en el orden de la imaginación. El tiempo en que una humanidad sin resto se precipitaba hacia la náusea, el siglo del exterminio y la guerra total ha dado lugar al siglo del recelo, la indolencia y la desolación que impregna los estados de la imaginación contemporáneos. El poshumanismo y la crisis indeclinable del historicismo reenvían a la imaginación del desastre, no en un ademán de conjuro profético sino en gesto de exhibición casi obscena, que carga el rostro del Angelus Novus de Klee, en la lectura benjaminiana, de un semblante de perversión impensada: la de la mirada fascinada ante el fin de la historia no como implicación de un final sino como facticidad inminente de una extinción.
La era poshistórica —estudiada desde una visión de izquierda por Lutz Niethammer y simplificada luego grotescamente por el conservadurismo de Francis Fukuyama— está, como ante el genoma, en posesión de un código que no sabe cómo ni con qué sentido interpretar. El optimismo cifrado en el progreso evolucionista y en la voluntad colectiva cede paso a la incertidumbre y ésta a un pesimismo lúcido que mira el mundo y ve las grietas que prefiguran el desastre. En ese contexto la imaginación literaria trama, no una exaltación pornográfica de la potencia destructiva, sino la inquietante sospecha de inminencia. Aun cuando ponga en juego sus retoricas, la literatura del nuevo siglo es antirrealista, antidogmática y antiiluminista, pero también obsesivamente heterotópica y cenitalmente heterotrófica. Trabaja con el delirio monstruoso y con el ridículo de lo cotidiano: hace del resto o del exceso el espacio de recesión de los sentidos consensuados.
La literatura del nuevo siglo es la del día después del relato, no porque la dimensión narrativa haya sido abandonada, sino porque la función y la teleología del relato declinan irreversiblemente. La narración sobrevive aun a la defunción de los géneros, que ya no pueden ser salvados en nombre ninguna pedagogía realista, coherencia estructural, profundidad psicológica o compromiso histórico. Que el relato haya terminado pero que la narración sobreviva a sus restos corrobora —no sin cierto sesgo de ironía— las conclusiones de Niethammer: en el espacio imaginario la cuestión del sentido eclipsa aun a la de la supervivencia. Por ello, el espectáculo del origen y el fin se cifran anudados en un texto perverso que sólo habilita una dialéctica suspendida. Es esta perversión la que afecta las prácticas de la lectura y, con ellas, el continente de la literatura misma. El desastre se hace presente especialmente en lo imperceptible porque lo imperceptible se afirma como origen de un sentido trágico para un mundo estancado, extenuado y consumido aun en sus propias fantasmagorías apocalípticas. La paranoia del nuevo siglo no es la de la catástrofe final sino la del languidecimiento indefinido, la de la sospecha de que todo ya haya tenido lugar.
Su imaginación no es la del hallazgo novedoso sino la del descubrimiento de nuevos patrones de percepción. La condición central de su ficción no radica pues en una propiedad específica de los textos, sino una nueva disposición de la lectura. Sobre cualquier plano secuencia se despliega una maquinación que ilumina relieves ocultos, presencias invisibilizadas y relaciones furtivas con lo siniestro: todo lo que se supone “normal” o “natural” arroba un componente siniestro o por lo menos inquietante. Lo que hay de nuevo en esta escena imaginaria es la disolución de los horizontes de lectura, la reversibilidad de los universos y de las líneas temporales, el desdoblamiento de las identidades, la aparición del zombi y el mutante como formas de vida que trabajan en la disolución de la consistencia humanista sobre espacios de sincretismo cultural.
Algunos exploran la tontería, la dilación del “yo” y el trastorno del punto de vista frente a lo siniestro de la historia; otros abren el juego de la ironía, el sarcasmo y la infamia para abordar lo insoportable al otro lado del espejo. En cualquier caso, la mayoría sostiene una sonrisa insensata y atenta o una mueca de desconcierto y recelo. Son bestias adaptándose a nuevos modos de vida. Pero son también formas de vida que ponen en escena nuevos protocolos de experiencia y nuevos registros de percepción al interior de una estructura de sentimiento en ciernes.
Sin configurar representaciones lineales, la imaginación literaria traduce una inquietud ante la pérdida y transformación inevitable de un cúmulo de experiencias, de gestos y de cualidades contenidas en el sentido de lo humano. La tensión, la contradicción y la lucha que desencadena la ruptura o la imposición de nuevas estructuras de percepción en la que el presente se concibe como un puro instante de peligro. Esa vacilación constante se replica en la pulsión diegética, al punto que termina por definir el denominador común sobre el que se articula una estética y una política: la reduplicación de las identidades (las formas de vida no coinciden rigurosamente con la facticidad de los seres), la postulación de un mundo y un tiempo alterno al interior del conocido —y sólo reconocible a partir de una repetición que distorsiona levemente la convención—, la decadencia o la corrupción irremisa del conjunto de los saberes científicos establecidos a partir de un cúmulo de saberes bajos, geológicos o aun prehumanos. El tiempo sobre el que trabaja cada una de las narraciones poshistóricas ilumina una hebra en un tejido múltiple, complejo, fluctuante, y se resuelve en una estética de la incertidumbre que lleva implícita una ética de la autodestitución subjetiva y el goce.
Arrastrada ese embudo de incertidumbre la imaginación poshistórica rompe la dialéctica de la linealidad progresiva articulando un gambito de caballo, un salto cuántico —para decirlo con Jameson— hacia una casilla no desarrollada (o subdesarrollada), y confirma la persistencia de una ética o una conciencia plena del desastre y el abandono. Esa ética se traduce en un haz de tendencias estéticas y estilos que configuran un sistema complejo de libertad y determinación: un conjunto de posibilidades creativas que responden a la situación que articulan y que trazan los límites y umbrales de la praxis, es decir, los límites y umbrales del pensamiento y las proyecciones imaginarias.
El programa que a continuación se presenta busca rastrear los matices de esas tendencias y esos nuevos patrones de percepción e imaginación en un conjunto amplio de textos y relatos de la narrativa argentina reciente. El corpus recortado no constituye —en sí o de por sí— un sistema cerrado o excluyente. Los textos que lo componen han sido reunidos con un criterio pedagógico abierto, teniendo en cuenta especialmente su manera de plantear el deslinde es las problemáticas mencionadas. Pero el objetivo del curso no es ceñir su horizonte de emergencia e historización del mismo a un contexto específico. Al contrario: lejos de eso, y tratando de responder a su pulsión más radical, lo que se busca es dimensionar su interferencia en un contexto definido no como determinación sino como una condición prácticamente negativa.
La perspectiva de trabajo de estas lecturas no es inmanentista sino deliberadamente relacional: su obstinación radica en partir de ese no-lugar que es el registro de la imaginación para pensar la potencia del jeroglífico literario y los límites y umbrales que constituyen el soporte conjetural para una ética futura. En cualquier caso, se trata de leer una serie de experiencias estéticas a partir de sus elecciones deliberadas —de tácticas fabulatorias y estrategias ficcionales— y sus lapsus accidentales en su potencia para agrietar la consistencia de un orden de verdad naturalizado. Cabe señalar finalmente que, pese a su inscripción en coordenadas históricas y culturales precisas, no se tratará de reducir la lectura sólo al examen de las representaciones de tal o cual situación de desastre pasado o futuro, sino que se trabajará más bien en la elaboración de hipótesis tentativas en torno a su proyección imaginaria en un horizonte de contradicción y sobredeterminación presente y real.


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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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