Posted by : Maximiliano Crespi martes, enero 13, 2015

Literatura y Política. Dueño de un estilo punzante, el crítico literario Maximiliano Crespi está desde hace un tiempo empeñado en la tarea de interpretar el conjunto heterogéneo e intrincado de la narrativa argentina y latinoamericana del siglo XXI, “tratando de pensar la fantasía política que anida en el texto literario”. En esta entrevista con Federico Cano, el escritor del aún inédito Los infames (Momofuku) no le teme a los nombres propios ni a las definiciones fuertemente argumentadas sobre la relación siempre tensa entre literatura y realidad política.

Por Federico Cano 
Al calor de sus lecturas, un entramado diseminado en ensayos, artículos, reseñas, comentarios, conferencias, entrevistas o charlas sin más, cada época se preguntó por el valor de sus textos. Como supo decir el crítico inglés Terry Eagleton, una lectura es siempre una reescritura; nuestro Homero, nuestro Cervantes, nuestro Shakespeare, nuestro Borges, nunca son idénticos a los de sus contemporáneos, así como tampoco a los de otros lectores. Los textos así parecieran estar continuamente siendo otros. Nuestra Argentina de hoy no parece ser la excepción. Las lecturas seguirán escribiendo la época actual que tendrá recién una significación concisa, nunca homogénea, luego, en un siempre después que no debe confundirnos con un indeterminismo o relatividad infinita, sino señalarnos una y otra vez la necesidad del gesto: leer. La tarea tiene un agregado especial cuando se lee a los propios, a los que conviven y arman la historia a nuestro lado. El pasado aparece en la encrucijada de la tradición y en el presente toda escritura implica un compromiso. La perspectiva, cerrándose sobre sí misma, cuando se esboza siempre tiene algo de apuesta.
Crespi (Oriente, provincia de Buenos Aires, 1976) está empeñado en estas tareas. Operario prepotente de la crítica literaria, es autor de Grotescos (Ediciones de Barricada, 2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (17grises, 2009) y La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (Unipe Editora, 2011). A sus libros deben sumarse una batería de artículos, donde se destaca su actual labor como colaborador de Ñ, y una gran variedad de compilaciones, ensayos, prólogos y comentarios en obras de, entre otros, Nicolás Rosa, David Viñas o Raúl Antelo, escritores que delinearán la cartografía de sus intervenciones. Sus escritos siempre lindan con el dramatismo del presente, no como simulación, sino como afectación; la actualidad, para quien parece haberse metido de lleno en el debate sobre la valoración de la literatura argentina contemporánea, es reabsorbida como categoría y como fatalidad. Crespi está a punto de publicar Los infames, que editará Momofuku, sobre la narrativa argentina en el siglo XXI, en el que continuará dándole forma a su búsqueda de los sentidos de la actualidad literaria (no de la novedad, sino interpretando continuidades y rupturas, así como formas de lo propio). La categoría de la infamia en la literatura argentina actual había sido adelantada por Crespi en un artículo reciente en El ojo mocho, “La espesa niebla de la ficción (apuntes sueltos sobre realismo)”, en que, delimitador de campos ideológicos y estéticos que actúan conjuntamente, el crítico caracteriza la existencia de diversos tipos de realismo en pugna. Parece una situación paradójica: el género que siempre está cercano a su agotamiento, es el que trae lo nuevo en la literatura argentina actual; “lo trae -escribe Crespi- de la única manera en que lo nuevo puede (como anomalía, como experiencia defectuosa o incompleta) arraigado en sus miedos y sus taras, en sus condicionamientos y en su propia confusión”. Es este realismo infame el que pone en crisis la consistencia ideologizante de los otros dos realismos, el de derecha -de carácter objetivista, “en una colocación declaradamente antipedagógica, elitista y tímidamente reaccionaria”, o bien evangelista, “beatamente pedagógico en su fabulación y piadosamente populista en su régimen ficcional”- y el de izquierda, “progre-humanista”, define en una retórica que agita el avispero literario sin condolencias que estanquen en el maniqueísmo de las buenas costumbres. En el realismo infame no habrá una referencialidad nítida; en donde cae la premisa de que “la única verdad es la realidad”, el realismo muestra sus potencialidades en tanto problema sin solución, y “el efecto de opacidad se impone al efecto de verdad”. El realismo en Crespi más que como sistema definido de categorización crítica parece presentarse bajo la forma de una ideología literaria. La formulación estética no podrá separarse de sus proyecciones políticas y así su escritura sobresale en la polémica argentina actual. No parece su objetivo componer un canon, sino volver a discutir la realidad argentina en sus anomalías, sus rupturas, sus márgenes, como constituyentes de una significativa indefinición.
En esta entrevista que ofreció para el primer número de Revista Deúltima, el ensayista, investigador de CONICET y docente con especialización en Teoría y Crítica Literaria e Historia Intelectual Argentina y Latinoamericana, licenciado en Letras en la Universidad Nacional del Sur (Bahía Blanca), no temerá a los nombres propios, a las definiciones punzantes y a caracterizaciones políticas y culturales que buscan profundizar el debate literario actual. No sólo a modo de método, esta sinceridad y rigor intelectual componen más bien una actitud interrogante asumida con responsabilidad: ¿qué literatura se produce en la actualidad? Ha dicho en otra entrevista, en un cercano 2013: “Lo crítico es una actitud. Se trata de comprometer el pensamiento en la lectura. Cuando en vez del pensamiento lo que prevalece es el interés, todos nos volvemos miserables”. Contra la miseria y con la preocupación que suscita la realidad y sus representaciones, Maximiliano Crespi lanza sus textos.

-En tu formación intelectual como historiador de las ideas argentinas y latinoamericanas mostrás especial atención por las tradiciones y proyectos intelectuales. ¿Te inscribís en alguno en particular? En la actualidad, ¿ves un mapa intelectual con tradiciones precisas y proyectos intelectuales colectivos o más bien una dispersión?
-Lo he dicho otras veces: como intuyó Benjamin, nadie es del todo transparente ni del todo opaco ante los demás. En términos intelectuales, Contorno sigue imponiéndose como una configuración precisa para el tipo de intervención intelectual cruzada que me interesa. Aunque debo reconocer que en la proyección de ese espacio hoy un poco mitificado, me toca más el modo de aproximación e intervención sobre los conflictos culturales y sociales de Oscar Masotta o León Rozitchner que el de David Viñas. Es muy difícil hacer historia del presente. Creo que hay espacios de intervención activa donde lo intelectual no pasa por la burocracia retórica y aborda problemas actuales y concretos. Leo con atención lo que se publica en Crisis, en El Ojo Mocho o en Panamá, por citar sólo tres. No todo lo que allí se publica tiene el mismo tenor, ni me parece igual de importante. Pero ciertamente el cruce de voces alimenta y enriquece el horizonte de la lectura. Ahí encuentro espacios de problematización y discusión –y no sólo espacios de militancia. Zonas donde el pensamiento no se abandona a una comodidad satisfecha sino que opera críticamente dentro de un campo ideológico en permanente transformación.

- En este marco, discutiendo sobre las peripecias literarias durante el kirchnerismo, en la revista El Ojo Mocho, María Pía López y Hernán Ronsino hablaban de literaturas posibles o habilitadas por el kirchnerismo, ¿cuáles crees que son las habilitaciones de este período?
 -Tengo demasiado afecto por Hernán y por María Pia como para darle relevancia a esos comentarios, vertidos seguramente de manera informal, al calor de una charla relajada. Yendo al nudo de la cuestión, en términos generales, pienso que el kirchnerismo, o mejor, determinadas políticas del kirchnerismo contribuyeron a establecer un cierto estado de la imaginación que facilitó la irrupción de un oportunismo latente. Tras ese manto de neblinas, una serie de escritores mediocres encontró una forma de solapar su incapacidad bajo un “contenido político” que fue usado de manera extorsiva en casi todas sus fabulaciones. Proliferaron así novelas sobre memoria, dictadura, violaciones de Derechos Humanos, denuncias de género y fábulas de opresión sobre minorías étnicas, sexuales o religiosas. Todo eso blindado con un broncíneo escudo de patetismo y moralización pueril. Ni lerdo ni perezoso, el mercado se hizo eco de esta demanda ideológica –que en términos culturales es sin duda positiva– y alimentó la producción de un nuevo fetiche, que terminó por imponerse tanto en el contexto vernáculo como en la literatura for export. Hoy sabemos que, al menos de Kohan a Saccomanno o Brizuela, el microemprendimiento ha resultado rentable. Sin embargo, no creo que sea justo atribuir responsabilidad al kirchnerismo por la canallada militante de sus escritores mediocres. Tampoco alimentar el rechazo arbitrario de los valores ideológicos sostenidos por el kirchnerismo en sus discursos y prácticas culturales. Lo que hay que poner de relieve es justamente la coartada tramposa por la cual se nos quiere hacer creer que aquello deseable en términos culturales es también necesario y deseable en términos literarios. No es así. En primer lugar porque la literatura es justamente aquel discurso que no se subordina ni a la máxima de que “la única verdad es la realidad” ni a la de que “mejor que prometer es hacer”. La literatura es justamente el discurso de la imaginación contra lo establecido como imaginario. Su sentido es precisamente el de empujar la imaginación por fuera del círculo de baba de lo que hay. Si realiza una función importante en la trama de los discursos sociales no es justamente la de prolongar la pedagogía de lo consentido culturalmente, sino presentarse frente a ese consenso imaginario como una suerte de transgresión. Es lo que se empieza a ver en la camada de escritores jóvenes que empezaron a escribir su literatura contra los encapsulamientos y las cristalizaciones, tratando de abrir ese manto ideológico respecto del cual no se consideran ni enemigos ni militantes. Son los escritores infames, los que comprenden que la literatura sólo alimenta el pensamiento en tanto se presenta como semilla de la discordia. Los textos de Carlos Godoy, Martín Rodríguez y Félix Bruzzone son en efecto los casos más interesantes de esa productividad conflictiva. 

 -En una entrevista reciente con Página 12 afirmabas que el primer peronismo, en la conformación de su imaginario cultural, tendía hacia el realismo porque “no trabaja sobre el deseo sino sobre la necesidad”; en la etapa kirchnerista, ¿se mantiene la relación de necesidad o ha comenzado a actuar la variante del placer?
-Me cuesta percibir una transformación real. En términos generales, consciente o inconscientemente (reconociendo siempre esas honrosas excepciones), el “realismo k” funciona como una pedagogía candorosa, aun cuando no responde demagógicamente a una demanda real. Reactiva la superstición que homologa verdad y realidad, de manera tal que el deseo –que es siempre deseo de lo que falta, de lo que no hay, de lo imposible– termina por quedar marginado de su espectro militante. Al deseo lo militan sólo ciertas zonas residuales de la literatura de derecha –pienso en autores como Aira o Tabarovsky. Flirtean con él también ciertas versiones vernáculas de las alt lit e incluso la –hoy casi extinta– “literatura del yo”. Pero como experiencia de transformación activa y genuina sólo se lo percibe, con intensidad excepcional, en la asombrosa literatura de Pablo Farrés. 

-En El revés y la trama caracterizabas, mediante la figura de David Viñas, la muerte de un tipo de intelectual que el neoliberalismo reemplazó por la del “especialista”. ¿Hoy qué figura de intelectual te parece que opera en un contexto de relectura del menemato?
-Nuevamente: responder sobre el “hoy” supone cierto grado de temeridad que linda casi con la tontería. Lo que puedo decir al respecto es que hay una serie de escritores que ocupan ese lugar. Se trata de autores cuyas intervenciones rechazan tanto la solemnidad mesiánica del intelectual clásico como la suscripción plena a las burocracias retóricas en las que se pierden los planteos del que Foucault definió como “intelectual específico”. Hernán Vanoli, Martín Rodríguez, María Pia López, Micaela Libson, Gerardo Oviedo, Cecilia Abdo Ferez, Tomas Borovinsky, Mariano Canal, Diego Vecino, Mario Santucho, Luis Diego Fernández y Darío Capelli son sólo algunos de los nombres que ahora me vienen a la cabeza –en un espectro de colocaciones por cierto bastante amplio. 

-Tus intervenciones críticas en Revista Ñ, en tu blog o en tus libros, se destacan y llaman la atención por recuperar la tonalidad de la polémica. ¿Qué posibilidades encontrás en este modo no concesivo de encarar el debate literario actual?
-Parafraseando a Masotta diría que, si uno se ha dado a la tarea de escribir, lo mínimo que puede proponerse es hacerlo lo más rigurosamente posible. Hay que pensar lo que se escribe y escribir lo que se piensa. Es la única manera de no prostituir la escritura en las retóricas interesadas de una falsa cortesía (que no es otra cosa que una forma de desprecio por aquel a quien no termina de decirle la verdad de frente) y de no traicionar canallescamente el fundamento del propio pensamiento crítico: tomarse en serio los “objetos” de la lectura. Trato siempre de hacer crítica. No escribo para producir una polémica. Si se produce alguna polémica por lo que escribo, no es a causa de lo que escribo sino por la manera en que leo: tratando de pensar la fantasía política que anida en el texto literario. Son las primeras preguntas, como decía Nicolás Rosa, las que todavía me inquietan. Preguntas que en ciertos casos incomodan, que no alimentan la “convivencia pacífica”, que de algún modo impiden que la hipocresía, la complacencia y la publicidad tomen así nomás el lugar de la crítica. Eso tiene sus consecuencias, en especial cuando uno se da a la tarea de escribir sobre el trabajo autores de su propia generación como en el caso de este nuevo libro (Los infames). Hay otras maneras de leer críticamente, tanto o más efectivas e interesantes –como el perverso, corrosivo minimalismo crítico de Sebastián Hernaiz, por dar un ejemplo. Pero para eso hay que tener una sensibilidad y un humor del que yo no puedo hacer gala. 

-Recientemente, el Ministerio de Cultura de la Nación editó una colección de nueva narrativa argentina, donde se incluyen autores como Hernán Vanoli, Leonardo Oyola o Juan Diego Incardona. ¿Cómo ves esta incorporación al aparato del estado de literaturas que circulaban con espíritu independiente?
-El Estado es una máquina de captura incesante de todo aquello que busca problematizarlo. Eso no está en discusión. Pero los tres casos que mencionás son diferentes en términos de adscripción a la configuración ideológica producida por el relato del Estado actual. La incorporación o no de una literatura a un espectro de producción ideológica es parte de un proceso mucho más complejo, más sutil y más difícil de identificar. No alcanza con una publicación en serie para uniformar e incorporar. Y, a la vez, el hecho de no haber sido publicado en una colección estatal no es tampoco prueba de no haber sido asimilado en su trama ideológica. 

-Por último, ¿qué libros nos recomendás para oír el pulso de la literatura argentina actual?
-Estas preguntas siempre se resuelven en una lista. A eso me resigno pero a condición de recomendar sólo tres abrasivas novelas de amor y tres libros de relatos extraordinarios, todos de diferentes editoriales. Novelas: El desmadre (Pánico el Pánico), Mi libro enterrado (Mansalva) y El amor nos destrozará (Tusquets). Volúmenes de relatos: El loro que podía adivinar el futuro (Nudista), Bailando con los osos (17grises) y Las redes invisibles (Momofuku).

Revista deultimarevista · Entrevista, Literatura y Política. · 5 abril, 2015 ·

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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