Posted by : Maximiliano Crespi lunes, febrero 15, 2016


Juan José Burzi
La eficacia de la narración moderna se afirma en un desdoblamiento estratégico y sutil: en todo relato corre, como un río claro, la historia visible de lo que se cuenta; y, por debajo de ella, una historia oscura: la que se insinúa a través de lo que se cuenta. La narrativa de Juan Burzi rechaza abiertamente esta preceptiva y se precipita en una corriente revuelta, única y confusa, en la que el peso propio de los temas parece arrastrar a sus narradores con la arbitrariedad de una fuerza natural.
De factura despareja y rústico acabado, relatos reunidos en Los deseantes lo confirman. La ecografía sucia y frontal de sus tramas empuja esa escritura (que por momentos oscila entre lo bárbaro y lo infantil) para dar lugar a una prosa sosegada y sin remansos que no se condice con el imaginario de una literatura cargada con los tópicos residuales de la violencia. La prohibición del incesto desde la perspectiva del enamorado infiel, el sometimiento sexual y la narración explícita de lo exquisitamente insinuado en el mito de Lolita, la crónica negra de la trata de personas como materia prima en el negocio secreto del porno VIP, el robo de identidad como origen para una vida nueva. En Burzi priman los temas propios de la “fábula negra”: la exposición de lo execrable, lo deforme, lo monstruoso como fundamentos sublimados de la pulsión.
La premisa de que el deseo nace sólo de la transgresión (y, por ende, de la represión que en cierto modo ansía dejar atrás) constituye un señuelo atractivo. Pero sus efectos no son necesariamente liberadores por el sólo hecho de ser literariamente tematizados. Al contrario: cuando se presenta como espacio de confesión para lo inconfesable, cuando se elige citando lo más insoportable, lo más escandaloso de lo humano (lo que en el hombre todavía insiste del animal), la literatura corre el riesgo de exorcizar lo tabuado en el imaginario social, convirtiéndose en un espacio de excepción (donde la ley se confirma justamente en el juego de su transgresión). Pero no se puede culpar a Burzi por caer en esa irónica trampa en la que alguna vez cayeron Aretino, Cleland, Lacenaire o el mismísimo Sade. Lo que sí puede reprochársele es haberse desentendido de la premisa batailleana según la cual "no se puede hablar de algo como la parte maldita sin hacer uno mismo también carne esa maldición". Porque aun una exhortación literaria abocada a poner en escena la parte más nocturna y la más cotidiana de la existencia, puede quedar reducida al esnobismo superficial del gesto provocador si se desentiende del fundamento fascista de la lengua en la que cifra su propia condición formal. Digo: para no confesarse como un mero recurso de impostura o de impostación pueril, la transgresión debe realizarse y radicalizarse sobre la materialidad misma del lenguaje que toma y obliga.
A diferencia de lo que ocurre en el inquietante Sueños de un hombre elefante (2012), en este libro de relatos genuinamente obsesionado con la trasgresión de los valores morales, la narrativa de Burzi adolece de toda traza rebeldía genuina ante el orden represivo que subyace a las convenciones naturalizas del lenguaje. La fuerza del río depende de la caída, la profundidad y la rugosidad del lecho. En literatura, el tema es siempre un pretexto; la auténtica trama transgresiva se manifiesta como revuelta formal.

Publicado en Revista Ñ, sábado 11 de febrero de 2016.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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