Posted by : Maximiliano Crespi domingo, marzo 06, 2016

Por Federico Cano (para Panamá).

Maximiliano Crespi, autor de Los infames (Momofuku, 2015)

- Las ideas que trabajás en Los infames se organizan a partir del realismo. ¿Qué encontraste en este género que siempre está cercano al agotamiento para pensar la narrativa argentina de este siglo? 
- Si hay algo que se pone en evidencia a lo largo de las lecturas es que, aun en un mismo periodo histórico y en una misma generación, el realismo asume diferentes formulaciones. El arco que dibuja el libro deja leer ya una fluctuación de énfasis de sus exigencias y sus limitaciones tanto estéticas como metodológicas. En cierto punto, el realismo infame está en términos concretos más cerca del fantástico que de la pedagogía. Los casos de Falco, Lamberti y Godoy son especialmente notables en este punto. No sólo porque pueden oscilar del realismo al fantástico de un libro a otro o de un relato a otro. Sino porque a veces al interior de un mismo relato esa transformación se da muy sutilmente, no por un salto en el orden de la fábula, sino por una gradual alteración en el orden de la ficción –esto es, en el régimen con que se elabora el clima del relato. En ese movimiento hay que empezar a leer un pasaje, una sustitución de funciones y una mutación en la praxis política.

- Desde la premisa que el ensayo dialoga directamente con la actualidad histórica y política, ¿qué motivaciones encontró en su ambiente la escritura de Los infames? ¿Era tiempo de un “estado de situación” para la literatura argentina? 
- La emergencia del realismo infame obedece a un cierto agotamiento de las pedagogías ideológicas que trazaban un “estado de situación” de la época reduciéndola grotescamente al absurdo de una “batalla cultural” sin salida. La premisa reduccionista estaba, como en todo discurso burgués, elidida en lo obvio: la única verdad es la realidad. Cuando eso se da por sentado, todas las elecciones se atomizan en lo posible y frente eso la alternativa se escinde entre el cinismo y el voluntarismo. Es claro es que la irrupción de las tensiones y las contradicciones de lo social en la narrativa argentina pos 2001 no se resolvió esta vez en el subterfugio modernista, como ocurrió a fines de los setenta, cuando la especificidad y el valor en sí de lo literario se instituyó como escudo frente a esa irrupción “invasiva” y “corrosiva” de lo político. La salida a esa crisis es a la vez seductora e inaudita. Seductora porque la fetichización del “valor literario” que seguía funcionando como un mito activo en nuestra manera de leer empieza a confesar su propia condición ideología, su matriz conservadora. E inaudita porque la lectura dispone ahora la condición del texto sin la caución de una precondición institucional. La literatura moderna siempre se encargó de decirnos que era literatura y que era moderna, al punto que por momentos no ansió decirnos más nada que eso. Lo que pasa ahora es que inscripción en lo literario ya no es una pulsión en lo que se escribe ni una demanda en lo que se lee. Los escritores y los libros que realmente importan ya no se sienten ni siquiera excluidos cuando, negándoles la condición literaria, Sarlo los condena a la etnografía. Les da lo mismo. Y tienen razón. Lo importante no es la literatura. La literatura en sí importa un carajo. Lo que de verdad importa es discutir la función política de los procedimientos, los materiales, las posiciones de sujeto, los sentidos del punto de vista, las transformaciones en la lengua y en la visibilidad que cada texto ofrece en el espacio articulado de la fábula y la ficción.

- Esta “literatura de derecha explicada a los niños” aparece en un escenario político copado por variantes conservadoras. ¿Qué implicancias creés que tiene para las lecturas de tu libro? ¿Qué lee Maximiliano Crespi en la situación actual? 
- Leo lo que puedo y como puedo. A veces hago foco y a veces le pego a la tecla de al lado, como cualquier otro. Sé que soy un poco paranoico, porque más que leer lo que el libro dice, me interesa saber qué quiere decir con lo que le dice. Ahí empieza la interpretación que me interesa poner en juego. Sé que eso no cae siempre bien en el pequeño mundillo de los libros y sus hacedores, donde la condescendencia y la franela se visten de sentido común. Pero mucho no me preocupa. Más que una imagen, me interesa sostener una posición de lectura. En el fondo, como decía León Rozitchner, si uno quiere hacer algo tiene que ser un poco arbitrario. Eso no quita dejar de reconocer que hay siempre cuestiones vitales que nos exceden tanto en el sentido de lo que queremos hacer como en las condiciones con o contra las que finalmente conseguimos hacerlo.


- Un libro de nombres propios para el campo literario apuesta por quitar los nombres de la historia política y social. ¿Por qué en Los infames opera este borramiento? 
- Es una observación aguda. Fue una operación deliberada. Desde el comienzo, la idea fue trabajar de manera alusiva con lo político, no como invasión sino como presencia implicada pero no simplificada. El desafío era probar que muchas veces la sutura ideológica con que una época procura salvar su ropa fracasa. En la emergencia del realismo infame hay sin duda un síntoma que, si bien en un punto puede ser leído en correlación con un momento de pregnancia postpolítica, tampoco puede reducirse a él. El carácter binario que durante los últimos años fue blindando la superficie de la batalla cultural era al mismo tiempo falso e ineficaz. No daba cuenta de la emergencia de nuevas experiencias de lo político en términos de identificaciones y elaboraciones narrativas. El periodo que va desde 2001 a la fecha ha sido nombrado, renombrado y sobrenombrado desde múltiples puntos de vista y con diferentes intenciones. Cuando un contexto está sobredeterminado por los nombres, la alusión funciona como una suerte de resistencia a adoptar esas designaciones que no son nunca ingenuas y que presuponen énfasis interesados, significaciones y exclusiones discutibles. En el seminario que subyace al libro trabajamos puntualmente con varios textos de Ernesto Laclau pero también con los textos sobre los que se fue armando Orden y progresismo de Martín Rodríguez.

- ¿Cuánto de ficción se escabulle en este “relato crítico”? ¿Cuál creés que debe ser el compromiso con lo real de la crítica? 
- “La crítica avanza sobre la literatura, la literatura ficcionaliza la crítica”. Con esa imagen Luis Gusmán describía ya en Sitio el movimiento propio del ensayo de lectura. El compromiso es inevitablemente doble: con la experiencia de la escritura y con el riesgo hacer público una lectura de lo nuevo.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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