Posted by : Maximiliano Crespi sábado, julio 14, 2018

Por Maximiliano Crespi (Revista Ñ, diario Clarín)

La ilusión de los mamíferos es un libro arriesgado. Presume el “encanto” de una zona en resistencia (“donde no llega el Estado”) y se asume como una suerte de réplica ante una serie de novelas recientes donde, abierta o solapadamente, sigue gravitando el estereotipo del amor burgués hétero-normativo. Es más: tiene el valor de intentar hacerlo sin apelar a la fábula pedagógica ni al sermón victimizante. Sin embargo, por encima de la voluntad, la literatura imprime con ironía poética su verdad en negativo.
Tras el éxito de Una muchacha muy bella, donde astuta y oportunamente buscaba empatizar con un estado de la imaginación de sensibilidad progresista, López vuelve al ruedo con una historia menor, cotidiana, de alienación amorosa. El relato a media luz de esta educación sentimental “entre hombres” está pautado en un tono mustio (de a ratos, teatralmente elegíaco) que, abocado a la exhibición de su abundante competencia lexical, no consigue afianzar una identidad estilística –porque no logra estabilizar una sintaxis.
La trama está sin embargo hábilmente estructurada: no en una secuencia narrativa lineal, sino en un mosaico de escenas, de incidentes en los que, más que la novela, lo que destella es el brío “poético” de lo novelesco. En efecto, lo narrado no es el in crescendo de una tensión dramática; tampoco la progresión fatal de una decadencia. Más que un discurso amoroso, lo que el texto exhibe es el balbuceo apenado de una ficción en retrospectiva, una película kitsch editada en un puñado de fotogramas sepia, una composición que, más que una memoria, lo que materializa es el crédito de una coartada.
El régimen de la ficción es casi el de la carta (escrita por el amante solitario, dirigida al amado que ya no está). Pero el síntoma clave es que, de hecho, esa carta no tiene por objeto describir la relación amorosa ni presentar la circunstancia de revelación de una trama secreta. El relato del amante gira en torno a su propia imagen. Su objeto no es otro que la inflación de su imaginario y su distinguida sensibilidad. No hay margen de error; el narrador lo franquea sin rodeos: “No tengo nada para contar. ¿Y qué?”, “Sos la persona a la que sigo hablando”. El que habla es el narcisismo del amante que, alienado a la mirada del amado, so pretexto de recordarle su propia excepcionalidad, se dirige a sí mismo para recordarse junto a él: “la mejor versión de mí: estar con vos fue eso, una manera de ser que me gustaba”.
La ficción amorosa cede paso a la del reconocimiento en la escena social. El narrador no quiere ser amado. Quiere reconocerse y ser reconocido como amante. Por eso, tras una escena de resignada misoginia (en el encuentro con la esposa de su amado: un animal que exuda “su manera de ser mujer con naturalidad y potencia”), acepta su marginalidad como otro signo de distinción (se quiere “elegido”, aunque sea sólo “para los domingos”) y como fatalidad. Admite su vasallaje en “la guerra arrasadora entre deseos y aspiraciones” y se consuela con “la posibilidad de una vida propia y al margen”.
El carácter ilusorio de la relación amorosa se pliega también sobre la propia ilusión de soledad. El que narra sabe que no puede desprenderse del otro –ni siquiera tras la ruptura. Sabe que envejecerá con él. El otro es el que manda, el que determina el ser. La carta no deja de buscar su destino. De ahí la circularidad de un relato en el que el narrador se expone como voyeur cautivo de aquello que lo somete y lo excluye. La alienación del amante crea en efecto la ilusión por la cual la ideología del amo retorna en el celo del esclavo: allí donde la relación amorosa sólo puede producirse como un imposible.
La perspectiva del amante se reconoce cortesana. Con confesa “devoción”, el narrador permanece atado al fantasma del otro y, consciente de su propia alienación, se conforma con haber sido: “estar con vos fue la manera más hermosa de mí”. La solución imaginaria deja intacto el conflicto real. El narcisismo afectado del amante encalla así en una nueva forma de obediencia: una rebeldía que “no es más que frotarse contra las rodillas de un padre y pedir tanto su benevolencia como su castigo”.

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Maximiliano Crespi

Es licenciado en Letras por la UNSur y Doctor en Letras por la UNLP, especializado en Teoría y Crítica Literaria e Historia Cultural e Intelectual Argentina y Latinoamericana. Es docente e investigador del Centro de Estudios de Teoría y Crítica Literaria (IdIHCS-FaHCE-UNLP) y del CONICET. Trabaja parte del Observatorio de Literatura Argentina Contemporánea (OLAC) y participa del Colectivo de Trabajo Intelectual “Materiales”. Ha colaborado con la Historia Social de la Literatura Argentina dirigida por David Viñas y con la Historia Crítica de la Literatura Argentina dirigida por Noé Jitrik. Antologó, editó y prologó obras de Jaime Rest, David Viñas y Raúl Antelo. Ha colaborado publicado textos críticos y teóricos en numerosas revistas especializadas y en diversos volúmenes colectivos. Es autor de Grotescos, un género (2006), El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas (2008), La conspiración de las formas. Apuntes sobre el jeroglífico literario (2011) y Jaime Rest: función crítica y políticas culturales (1953-1979). De Sur al CEAL (2013) y Los infames (2015).
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