En un papelito, pegado al televisor

viernes, noviembre 20, 2009 | | 0 comentarios

"Hasta nuestros dias se ha confiado en los periódicos como portavoces de la opinión pública. Pero muy recientemente, algunos nos hemos convencido, y de un modo súbito, que no gradual, de que no son en absoluto tal cosa. Son, por su misma naturaleza, los juguetes de unos pocos Hombres ricos. El capitalista y el editor son los nuevos tiranos que se han apoderado del mundo.Ya no hace falta que nadie se oponga a la censura de la prensa. No necesitamos una censura para la prensa. La prensa misma es la censura. Los periódicos comenzaron a existir para decir la verdad y hoy existen para impedir que la verdad se diga."

Gilbert Keith Chesterton, 1917.

Horacio Potel sobreseído

jueves, noviembre 19, 2009 | | 0 comentarios

He aquí las fojas de un fallo tan auspicioso como inesperado [ver foto]. El sobreseimiento de Horacio Potel (a quien, bajo ninguna circunstancia, habría que considerar más ni menos héroe que aquellos anónimos que habilitan un link para la descarga de un disco inconseguible) por orden del Ministerio Público Fiscal es sin duda un buen comienzo -que esperemos no se frustre en apelaciones de la editorial en instancias judiciales superiores- en lo que ya empezaba a vislumbrarse como primer movimiento en una suerte de caza de brujas. De todos modos, como bien suele decir una lúcida analista política, entre el fallo judicial y la justicia se abre siempre un abismo insalvable.

Bienvenido vos

martes, noviembre 17, 2009 | | 0 comentarios



Ni rápido ni lento. Ágil, silencioso, sutil como un gato, apoyando sigiloso la suela de las alpargatas caras en la misma línea de mosaicos una vez cada tres, el hombrecito flaco va y viene de una punta a otra de la sala. Es una suerte de rito profano, acaso destinado a algún método mnemotécnico. Lo repite en silencio, maquinalmente, acompasando la respiración, hasta que me ve, apoyado sobre el hombro contra una pared lateral, lejos de los flashes, viéndolo. Se planta en seco, mi mira a los ojos y se me acerca decidido. “—Vos te hacés el boludo pero me estás siguiendo.”, se le dibuja una mueca de risa en la cara seria. “—Acá hay como cien personas. Es una presentación. Y vos sos tan invitado como yo.”, le sonrío. “—Tenés razón.”, dice y me hace correr hacia el rincón para apoyar las yemas de los dedos flacos en el vidrio del ventanal. No pregunto qué hace. Mira fijo entre los dedos, entre las rejas, entre los árboles, entre la gente. “—Crespi.”, dice. “—¿No me vas a empezar a joder con el chiste de la ka, no?”, me apuro. “—¿Qué chiste?”, dice. “—Deja, no importa”, prefiero no recordar nuestro encuentro en una controvertida reunión de Carta Abierta. Despegando los dedos del vidrio, me hace enseguida una seña para que lo siga hasta uno de los sillones de hierro ya abandonados por la gente que se acomoda en una sala mayor. La figura escuálida del tipo se mece delante mío y veo que el bolso cruzado que colgaba de sus hombros está abierto: sobresalen unas hojas oficio cargadas de garabatos ilegibles. Voy a sugerirle que lo cierre cuando, después de repetir mi nombre, empieza a canturrear: “—Por su sabor exclusivo / y siempre igual / Crespi es muy especial / Crespi Seco / Crespi Seco / custodiado por expertos”. Contornea sobre las nalgas huesudas hasta acomodarse entre los almohadones mullidos. “—Se lanzó a comienzos de los setenta y llegó a tener el 80% del mercado de vinos comunes de argentina. En las provincias se llamaba Facundo, pero era el mismo vino. La Bodega La Esmeralda. ¿Qué me contás, qué tul con la memoria, eh?”, se pasa la mano por la cara estirándose la piel. “—Mi viejo hacía siempre el chiste ante el jingle que pasaban en la radio (‘Llegó Crespi seco’): ‘¿Recién llego y ya saben que llego seco?’, decía.”. Veo su rostro congelado en la expresión posterior al estire de la piel. “—Lo tuyo no es el humor, pibe. Date cuenta”, dice sin siquiera mirarme.
“—¿Vamos?”, sugiero. Asiente con la cabeza y caminamos hasta la boca de la sala repleta pero antes de entrar me manotea del hombro. “—Quedémonos acá, Crespi. Ahí sobramos.”, vuelve a sonreír. “—¿Lo leíste? ¿Qué te pareció?”, en el bolso todavía abierto se asoma el libro que le pasé esa mañana en La Giralda. “—No lo leí. Lo hojeé nomás, por arriba. La tapa es linda, picante.”, se apura a decir. “—¿Tan malo te pareció?”, repregunto. No responde enseguida. Se asoma para ver quién es el que habla en nombre de la editorial, pero no lo conoce. “—A su manera es bueno. Me mandó derechito a “Bienvenido, Bob” —respira profundo—. Algo me sonaba. Al releer me di cuenta que hacía bien en no desconfiar de la memoria”. Mete la mano en el bolso y tira el libro sobre la mesita que nos separa. Casi tira el jarrón que hay encima pero ni cuenta se da porque, asomado en la arcada, campanea el cambio de orador en la sala. “El susodicho éste —apoya el dedo la sangre salpicada en la tapa—, sintetiza en 130 páginas algo que Onetti dice largo y mal en dos renglones”. Vuelve a pasarse la mano por la cara pero esta vez las yemas de los dedos corren por la piel desde las sienes hasta las cuencas de los ojos y se detienen ahí un momento apretando levemente los párpados. “—Puede que tengas razón”, digo pero mi voz desaparece en el aplauso que se desata adentro. Paso por delante suyo y me asomo para ver mejor. Uno de los oradores dice lejos del micrófono algo y sonríe. Los aplausos caen cerrados de nuevo sobre el silencio provisorio. Él, la espalda apoyada en la pared fría, me mira mirar. “—¿En qué te quedaste pensando, Krespín? —percibo en su voz, nítida, la “k” poco más que arrancada del fondo del paladar—. Te gusta, ¿no? —señala con el dedo el escote rebosante de la ‘escritora’ que viene hacia nosotros¬— ¿Se te krespa el krespito, Krespín?”. “—¿A vos no?”, lo apuro. “—¿El mío? No, ya no —me susurra, lascivo, al oído—. No digo que sea radical; pero sí que, como el Chacho, ya no quiere lola”.

Publicado en Nexo. Artes y Culturas, N° 31, Noviembre de 2009. 

Amigos son los amigos

miércoles, octubre 28, 2009 | | 2 comentarios

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¿Será por esto, por esto, por esto, por esto, por esto o simplemente por esto (es decir: por esto) que La Nueva Provincia me excluye del volumen colectivo La memoria. Literatura, arte y política en que mi ensayo sobre León Rozitchner es notablemente el más extenso? ¡Qué raro que se hayan olvidado de mí haciendo memoria, sobre todo teniendo en cuenta que yo me acuerdo tanto y tan seguido de ellos (hasta haberlos convertido en etiqueta)!
Pero, ¿no será una suerte de premio esa quita que LNP me obsequia al hacer que mi nombre propio no aparezca en las mismas páginas que se abren con editoriales como éste, éste o éste o en las que aparecen voces autrorizadas como ésta o ésta?


“Bombita Rodríguez” y la historia

domingo, octubre 25, 2009 | | 1 comentarios

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Por Horacio González *

¿Por qué nos gusta Bombita Rodríguez? Este sutil monigote creado por Capusotto y Saborido, que en estos últimos tiempos está siendo comentado por gran número de personas, produce un sentimiento sorprendente, una feliz intranquilidad. Definido como “el Palito Ortega montonero”, despliega un alegre batiburrillo de palabras que no combinan entre sí, pero que al aparecer en conjunción introducen en el espíritu una severa incógnita sobre el funcionamiento del lenguaje. Si nos reímos de ese procedimiento que vulnera el sentido de las palabras desviándolas bruscamente de su lugar habitual, no por ello dejamos de preguntarnos si estaríamos así desbaratando la historia. Palabras que fueron el desconsuelo y la tragedia de miles y miles de personas, de repente son tomadas para un ejercicio paródico o convertidas en la fácil burla a una jerga maniática que pudo ser el subproducto cuestionable de una época, pero que muchos hablaron como talismán y apostura.El fijador “La Orga”, con el que se peina Bombita, podría dar lugar a que las partes de una tragedia sean vistas ahora como un sarcasmo pasajero y módico. Pero hace décadas que las innovaciones en el periodismo escrito provienen de la capacidad de apelar a públicos que poseen sobreentendidos culturales diversos, de tal modo que uno de los tantos regresos agónicos de Maradona, pudo alguna vez ser titulado como “El mito del eterno retorno”, acudiendo un acervo cultural disponible que produce cómodos signos de distinción así como ciertos procedimientos aprobados de saqueo cultural. De ello viven los grandes mitos del lenguaje.
Sin duda, con el humor que acompaña necesariamente todo nuestro decir literal, queremos mostrarnos como seres sensibles, que no van por la vida creyendo necesariamente que cada frase pronunciada es una lápida en nuestra conciencia. Por eso “tomamos las cosas con humor”, lo que quiere decir que siempre sopesamos lo dicho y lo retrabajamos para usarlo en otros módulos y contextos. Aliviamos así la vida con el recurso a la ironía y otras armas plausibles del dislocamiento de las creencias. Hacer del lenguaje un collage permanente y aludir a sus estereotipos, hayan sido o no trágicos, es una forma de salvarnos para otras conversaciones que imaginamos únicas, fuera de toda repetición. Ese retorno de las frases hechas, que un día fueron graves, pero ahora son parte de un humor piadoso que las reproduce con autoindulgencia y ternura, es tan necesario que no suponemos que sean profanaciones, formas de despreciar los valores más queridos.
Bombita Rodríguez tiene una genealogía familiar basada en la fresca insolencia del pastiche, pues remonta a su madre Evelyn Tacuara. Con estos trucos, ha reencontrado el humor basado en una combinatoria disparatada. Pero se trata de un comentario sutil sobre la escurridiza genealogía de la política argentina. Dichos o expresiones enterrados en el derrotado secreto de nuestra lengua política aparecen así bajo una forma dichosa, irresponsable e ingenuamente blasfema. ¿Por qué nos sonreímos en vez de pedir orden y respeto para apreciar los recodos de la historia? Sabemos que el humor suelta gatillos escondidos y apacigua nuestra conciencia haciéndonos ver nuevas relaciones. El disparate ilumina el hecho de que el mundo tenía más conexiones que las que habíamos supuesto. El trabajo del poeta Néstor Perlongher con las siglas partidarias de los años ’70 también revela que, si bien pueden criticarse esas construcciones que petrifican el lenguaje, siempre son un atractivo punto de reflexión sobre la creencia de los hombres y el modo de perseguir sus deseos, lo que también incluye el de perfeccionar la lengua operativa, al precio de hacerla sumaria y cristalizada.
Nuevamente me pregunto: ¿por qué nos gusta Bombita Rodríguez? El ars poetica de Capusotto consiste en agrupar súbita e infantilmente, sin mediaciones, dos términos provenientes de universos incompatibles. El mundo de las culturas mediáticas con las jergas políticas más tipificadas, el recurso de lo grave con su mención en tono de farsa, las palabras sigilosas de los insurgentes con objetos cotidianos que las hacen irrisorias. Pues bien, son los procedimientos de la risa, ritos inmemoriales que obligan a ampliar la visión del mundo conectándolo con el caos previo a la inspiración. Se trata quizá de reiniciar todo otra vez, poniendo el lenguaje transcurrido en mano de los comediantes, los juglares díscolos, los payasos tiernos. Basta recordar el juego de transmutaciones chaplinescas en El gran dictador para percibir cómo este tipo de humor, que con su red captura todo lo hablado en momentos de peligro, puede ofrecer un punto de vista generoso sobre la historia, con personajes salidos del arte que hace contorsionar los caracteres, discursos y vestimentas.
Bombita Rodríguez descansa en una interpretación de audacia plástica e ingenio paródico. Como pantomimo contorsionista, Capusotto es igual a la forma en que tritura y recompone absurdamente el lenguaje. Su histrionismo acude a incesantes travestismos y entrega personajes que parten del clisé y lo hacen estallar en un punto del lenguaje graciosamente insensato, como en el nombre del cantante “Luis Almirante Brown”. Son candorosos fantoches que llaman a la indulgencia y a la conmiseración reflexiva, y por eso podemos considerar que el método de la irreverencia con las genealogías políticas argentinas desentumece el pensamiento. Más en este momento. La lucha política a la que asistimos, donde se intenta desestabilizar a un gobierno que lanzó su mirada hacia los mismos años de los que Capusotto extrae su galería de polichinelas del lenguaje, revela también el intento de reutilizar vicariamente, en forma truculenta, los pedazos sueltos de una historia devastada. Cuando el Sr. De Angeli lanza desde la ruta, “con su rostro curtido de hombre laborioso”, un pensamiento que parece candoroso –“las retenciones son un producto de la Revolución Libertadora”– está acudiendo también a un desparpajo contorsionista, que junta conceptos opuestos, confiscando los sentidos clásicos y las interpretaciones verdaderas. Son también los mecanismos de la inversión y reapropiación poderosa de los restos de la historia nacional, a los efectos de su vaciamiento. Desmonta sentidos para seguir con las mismas palabras. Bombita Rodríguez, en cambio, desmonta palabras para encontrar nuevos sentidos.

* FUENTE: Página/12, 16 de junio de 2008.